Con motivo del 800.º aniversario de la muerte de San Francisco de Asís, los Hermanos Menores Capuchinos de la Delegación de Albania quisieron celebrar esta conmemoración de un modo especial, transformando la memoria histórica en un momento vivo de contemplación. Inspirándose en la carta de los Ministros Generales Franciscanos, realizaron una representación teatral con el significativo título de “Semilla de vida eterna: los últimos instantes de la vida de Francisco de Asís”.
Los protagonistas absolutos de la iniciativa fueron los jóvenes de la misión albanesa. Un grupo de 20 jóvenes que, actuando enteramente como voluntarios, se comprometieron con entusiasmo, deseosos de vivir en primera persona una experiencia de fe y, a través del arte, ayudar a otros a hacer lo mismo. Jóvenes que no son actores ni cantantes profesionales, sino simples fieles movidos por un único gran deseo en el corazón: ofrecer a la comunidad un momento de conmovedora meditación y oración. El objetivo no era el espectáculo como fin en sí mismo, sino la comprensión de la extraordinaria herencia que el Pobrecillo nos ha dejado, no solo con su manera de vivir, sino también -y sobre todo- con su manera de concluir la vida terrenal.
El camino hacia la “Hermana Muerte”: las ocho escenas
El espectáculo se desarrolló a través de ocho escenas, intercaladas con cantos sugestivos inspirados directamente en los escritos de Francisco, capaces de tocar las fibras más íntimas de los espectadores. Todo comienza con un momento de gran ternura: el encuentro con doña Jacoba de Settesoli. La noble romana llega llevando consigo todo lo que Francisco desea para sus últimos instantes, incluido aquel dulce que tanto le gustaba, signo de una amistad que supera el tiempo y acaricia el alma.
En la segunda escena emerge el contraste entre la lógica humana y la divina. Francisco, ya consumido por la enfermedad, pide cantar y alabar al Señor. Fray Elías se enfurece: “¿Cómo puedes cantar mientras tu cuerpo se consume?”, pregunta escandalizado. Pero para Francisco la música y el canto no son una distracción, sino el consuelo que aleja todo miedo a la oscuridad inminente. Francisco quiere mirar la realidad de frente. Se encuentra con el médico y le exige la verdad franca, sin concesiones. Solo conociendo el “final del viaje”, el Santo puede prepararse para acoger con todo el corazón a la “Hermana Muerte”. Mientras los frailes ya están convencidos de que la habitación del Obispo de Asís será el lugar de su tránsito, Francisco sorprende a todos. Con un último aliento de voluntad, pide ser llevado de regreso allí donde todo comenzó, en el corazón de su vocación: la Porciúncula. Durante el descenso hacia la llanura ocurre uno de los momentos más conmovedores. Francisco, aunque ciego, pide detenerse. Dirigiéndose hacia su ciudad natal, bendice a Asís, a sus habitantes y a fray León, dejando un testamento de amor universal.
Al llegar a la Porciúncula, Francisco pide ser despojado de sus vestiduras y colocado desnudo sobre la tierra desnuda, fiel hasta el último aliento a su amada Santa Pobreza. En un conmovedor paralelismo con la Última Cena, el Santo bendice el pan y escucha la lectura del Evangelio. Entre los frailes se percibe el eco del lavatorio de los pies: «Este es mi amor por ustedes; ámense los unos a los otros».
La séptima escena da voz al profundo deseo de Clara de poder encontrarse nuevamente con Francisco; desde el monasterio se hace llamar a un fraile, para que este vínculo espiritual pueda cumplirse en la hora más oscura.
Rodeado por sus hermanos, después de dar la bienvenida a la Hermana Muerte, Francisco sube al cielo. En la última escena, los frailes trasladan el cuerpo sin vida de Francisco a San Damián. Allí, Clara, saliendo excepcionalmente de la clausura junto a las hermanas, puede finalmente despedirse de su padre espiritual y besar aquellas llagas sagradas que lo hicieron tan semejante a Cristo.
La representación concluye idealmente ante la tumba de Francisco. Un lugar santo, corazón palpitante del carisma franciscano, que no habla de muerte, sino de resurrección. Ante esa tumba no se llora un final, sino que se respira una vida nueva, que se convierte en un canto eterno de Aleluya. Un mensaje de esperanza que los jóvenes de Albania han sabido gritar al mundo con la fuerza de su fe y de su simplicidad.
