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Carta del Santo Padre León XIV a los Ministros Generales

Con ocasión de la apertura del VIII Centenario de la muerte de San Francisco de Asís

 

A los Ministros Generales

de la Conferencia de la Familia Franciscana

«Nuestra hermana muerte», exclamó san Francisco el 3 de octubre de 1226 en la Porciúncula, al acercarse a ella como un hombre finalmente en paz. Han pasado ocho siglos desde la muerte del Poverello de Asís, quien escribió con letras de molde la palabra salvadora de Cristo en los corazones de los hombres de su tiempo.

Al recordar el significativo aniversario del VIII Centenario de su Tánsito, deseo unirme espiritualmente a toda la Familia Franciscana y a todos los que participarán en los actos conmemorativos, deseando que el mensaje de paz encuentre un eco profundo en la Iglesia y en la sociedad actual.

Al inicio de su vida evangélica, había sentido una llamada: «El Señor me reveló que debíamos decir este saludo: “El Señor te conceda la paz”» [1]. Con estas palabras esenciales, entrega a sus hermanos y a todo creyente la admiración interior que el Evangelio había traído a su existencia: la paz es la suma de todos los bienes de Dios, un don que desciende de lo Alto. ¡Qué ilusorio sería pensar en construirla solo con la fuerza humana! Y, sin embargo, es un don activo, que debe ser acogido y vivido cada día [2].

Es el mismo saludo que el Señor resucitado dirigió a sus discípulos, con miedo y encerrados en el Cenáculo, la tarde de Pascua: «La paz esté con ustedes» [3]. No es una fórmula cortés, sino el anuncio certero de la victoria de Cristo sobre la muerte. Como la voz de los ángeles en la noche de Navidad: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él» [4] – así pues, la paz que anuncia el Padre Seráfico es la que Cristo mismo hizo resonar entre el cielo y la tierra.

En esta época, marcada por tantas guerras aparentemente interminables, por divisiones internas y sociales que generan desconfianza y miedo, él continúa hablando. No porque ofrezca soluciones técnicas, sino porque su vida señala la auténtica fuente de la paz.

La visión franciscana de la paz no se limita a las relaciones entre los seres humanos, sino que abarca toda la creación. Francisco, quien llama al sol «hermano» y a la luna «hermana», y quien reconoce en cada criatura un reflejo de la belleza divina, nos recuerda que la paz debe extenderse a toda la familia de la Creación. Esta perspectiva resuena con especial urgencia en nuestro tiempo, cuando nuestra casa común se ve amenazada y sufre bajo la explotación. La paz con Dios, la paz entre las personas y la paz con la Creación son dimensiones inseparables de un único llamado a la reconciliación universal.

Queridos hermanos y hermanas, el ejemplo y el legado espiritual de este santo, fuerte en la fe, firme en la esperanza y ardiente en la caridad activa hacia los demás, inspiren en todos la importancia de confiar en el Señor, de dedicarse a una vida fiel al Evangelio, de acoger e iluminar con la fe y la oración cada circunstancia y acción de la vida.

En este Año de gracia, deseo ofrecerles una oración para que San Francisco de Asís siga infundiendo en todos nosotros la alegría y la armonía perfecta:

San Francisco, hermano nuestro, tú que hace ochocientos años

fuiste al encuentro de la Hermana Muerte como hombre pacificado,

intercede por nosotros ante el Señor.

 

Tú, en el Crucifijo de San Damián reconociste la verdadera paz,

enséñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación

que derriba todo muro.

 

Tú que, desarmado, cruzaste las líneas de la guerra

y la incomprensión,

danos el coraje de construir puentes

allí donde el mundo erige fronteras.

 

En estos tiempos azotados por conflictos y división,

intercede para que nos convirtamos en pacificadores:

testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo.

Amén.

Con estos sentimientos, expreso fervientes deseos de bien especialmente para todos ustedes que siguen el carisma del Poverello de Asís y para cuantos recordarán de diversos modos el aniversario de su dies natalis, a la vez que envío de corazón la deseada Bendición Apostólica.

Desde el Vaticano, 7 de enero de 2026

León PP. XIV

[1] Testamento 23.

[2] Cfr. Papa Leone XIV, Discorso al Corpo Diplomatico, 16 maggio 2025.

[3] Gv 20,19.

[4] Lc 2,14.