El Altísimo y Sumo Bien, en efecto, ha colocado en nuestras manos el don del carisma franciscano y capuchino, nos ha confiado su cuidado y nos ha invitado a dar fruto abundante, esto es, a transformar nuestra vida siguiendo las huellas de nuestro Señor Jesucristo (cf. Rb I,1), tal como lo hicieron san Francico de Asís y todos los santos capuchinos. Para que sea posible la transformación de nuestra vida conviene profundizar en el conocimiento de sí y aprender a sujetar, como exhorta el santo en sus admoniciones, al enemigo, es decir, al propio yo con sus vicios y pecados (cf. Adm X,2).
El subsidio que presentamos, Personalidad y Carisma, es una reflexión que ha surgido en el contexto de las reuniones del Consejo General, pues detrás de cada situación conflictiva o escandalosa que afecta a nuestra familia religiosa se hallan hermanos concretos, cada uno con su propia personalidad. Las siguientes consideraciones pretenden recordarnos que todo carisma, y de manera particular el nuestro, entendido como la acción de Dios en la vida de una persona, lleva en sí la fuerza necesaria para transformar su existencia, como atestigua el mismo Francisco en su Testamento (cf. Test 1-2). Para que esto sea posible se requiere, no cabe duda, la disposición total de la persona y una profunda relación vital con el Altísimo
Les invitamos a meditar en silencio estas consideraciones, a reflexionarlas de manera personal y/o en fraternidad, y a dejarse interpelar por el Espíritu del Señor que siempre nos impulsa a la transformación de nuestra vida. En la medida que cada uno custodie el carisma que ha recibido y se deje transformar por el Señor, en esa misma medida se irá reavivando la llama de nuestro carisma en toda la Orden.
