A todos mis hermanos diseminados por el mundo
A las hermanas Capuchinas
Queridísimos todos,
¡El Señor les dé la Paz!
Se acerca la Fiesta de nuestro Padre San Francisco, día en que se cumplirán 800 años de su muerte. Con motivo de esta importante conmemoración, deseo hacerles llegar unas palabras de saludo y felicitación.
Los años que hemos vivido han sido años excepcionales, caracterizados por la celebración de los diversos aniversarios franciscanos, iniciando en Greccio, pasando por La Verna, y llegando hasta el momento de la muerte del Seráfico Padre en la Porciúncula. Toda la Familia Franciscana estuvo activamente involucrada, año tras año, para tratar de valorizar estas ocasiones y volver a proponer con fuerza las grandes verdades en torno a las cuales se construyó la vida de Francisco, valores cruciales hoy para hacer más verdadera, libre y evangélicamente bella la vida de cada uno de nosotros.
Más importante que la animación general -y probablemente aún más eficaz- fue la puesta en marcha de las iniciativas surgidas a nivel de Conferencias, Circunscripciones y realidades locales: han sido realmente innumerables, las más diversas, imposibles de recordar todas, signo de una participación y de un involucramiento verdaderamente significativos. Los frutos -en lo íntimo de cada uno, en la vida de las fraternidades y de las personas con las que compartimos caminos de vida- permanecerán en buena parte misteriosos, como es misteriosa la acción de Dios y de su Espíritu en medio de nosotros, pero creemos que no son menos reales.
El camino recorrido nos lleva a confirmar algunas sencillas verdades fundamentales que irán determinando la calidad del camino futuro que nos espera. Francisco, en su lecho de muerte, nos deja el ‘Cántico’, que todos conocemos bien, ampliamente estudiado y profundizado a lo largo del año que está concluyendo.
¿Cómo es que Francisco, como sello de su vida, se expresa con aquellas magníficas palabras de alabanza, que parece no poder contener de ningún modo? Me gusta pensar que Francisco logra, ya, leer con claridad y lucidez cuánto el Señor Dios estuvo a su lado, paso a paso, en su singular y a veces fatigoso camino de vida, cuánto le fue dado gratuitamente desde lo alto, cuánto el Señor Dios es divinamente generoso con sus criaturas, y cómo se puede saborear la dulzura de su presencia amistosa, alentadora, solícita, consoladora y portadora de vida y de salvación. ¡No podía más que estallar la alabanza!
En el futuro que nos espera, ¿por qué no comenzar también nosotros reconociendo los innumerables beneficios que el Señor ha reservado para cada uno? ¡Parece verdaderamente decisivo aprender a descubrir cuánto somos objeto y afecto de la total y gratuita bondad divina! Cuanto más aprendamos a reconocer su grandeza, más consistencia adquirirá nuestra vida; más sabremos afrontar los desafíos, los esfuerzos, las decepciones y los fracasos. Más crecerá, también, la decisión de responder al Señor con renovada generosidad, con la certeza de que, en el plan de Dios para cada uno de nosotros y para nuestras instituciones, todo es providencia benéfica, y el futuro se abre a la determinación valiente por el bien y a la esperanza cierta.
Francisco conoce tan bien los beneficios de Dios, que aprende a ver como una realidad hermana incluso aquel momento tan temido y terminal de la muerte. Porque reconoce que la inagotable providencia divina orienta con fuerza hacia la dimensión que va más allá de la muerte, abriendo a la trascendencia. También nosotros, mientras nos empeñamos con todo nuestro ser en vivir bien aquí abajo, tenemos sin embargo una verdadera necesidad de orientarnos más hacia la dimensión eterna que se nos prometió. Y tiene una extrema necesidad de ella el hombre de hoy, en particular el hombre triste y desalentado del mundo occidental.
Hay todavía otros acontecimientos importantes que viviremos próximamente: recuerdo, -al menos para referirme a los más importantes- el Consejo Plenario de la Orden sobre la misión, los encuentros Panamericano y Panafricano, y la celebración de los quinientos años de la aprobación de nuestra Reforma. No son ni pueden quedar sólo como momentos de profundización, de estudio o de encuentro. Deben convertirse en nuevas ocasiones para expresar al Señor el grato reconocimiento por el bien que continúa brindando a los hombres, a todos los hombres, a cada uno de nosotros y a nuestra Orden. Deben convertirse en ocasiones -para decirlo con la expresión ya conocida- para reavivar la llama de nuestro carisma, una llama que continuará brillando en nuestras vidas y en nuestras fraternidades si aprendemos a vivir agradecidos por los dones de Dios, y elevando al mismo tiempo la mirada hacia la vida que nos espera, ocasiones de paz interior y de inagotable fuerza para caminar según su santísima voluntad.
Entonces, un cordialísimo deseo para todos: por intercesión de san Francisco, cada uno de ustedes pueda ser firmemente confirmado en la comprensión de la benevolencia divina y, en la ferviente espera de cuanto el Señor nos reserve en el presente y en el futuro, permanecer abrazado al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, para poder gozar de una vida siempre llena de esperanza y feliz.
Fr. Roberto Genuin
Ministro General OFM Cap.

