Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum

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updated 3:41 PM CEST, Sep 18, 2020

fr. Gaetano La Speme OFMCap

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CAPÍTULO SEXTO DE LAS CONSTITUCIONES

NUESTRA VIDA EN FRATERNIDAD

fr. Gaetano La Speme OFMCap

El presente comentario quiere presentar una breve antología sobre algunos temas del capítulo VI de las Constituciones. El lector podrá encontrar, sobre todo, la reflexión que los últimos ministros generales nos han ofrecido. Con el presente trabajo tenemos, en efecto, la alegría de presentar textos que han acompañado el crecimiento de muchos hermanos. En cierto sentido podemos decir que es un modo que hace que la Orden misma, en la alta expresión de sus últimos ministros generales, profundice en temas que pertenecen a nuestra vida. En algunos pasajes, además, somos acompañados por la rica sabiduría de la madre Iglesia y del Santo Padre.

Introducción

El vínculo con la Regla Bulada

El capítulo VI de las Constituciones está dividido en dos artículos: I. Cultivo de la vida fraterna; II. Vida de los hermanos en el mundo. Muchas son las referencias a la Regla no Bulada, a la Regla Bula y al Testamento así como a otros Escritos del hermano Francisco de Asís[1]. Son varios los vínculos de este capítulo de las Constituciones con los capítulos III, VI, X y XII de la Regla Bulada[2]. Si en la exégesis bíblica se suele decir que la Biblia se interpreta con la Biblia, con las debidas distinciones, también se podría decir de las Constituciones. Cada capítulo es leído con una mirada que integra los otros capítulos; todos en conjunto se leen desde el espíritu de la Regla y de la Espiritualidad franciscana[3].

La división del capítulo en dos artículos hace pensar en la vida fraterna entendida tanto en su relación ad intra (entre los hermanos) como en su relación ad extra (con todos los hombres). Ambas dimensiones son vitales. La una ayuda a la otra a manifestarse con fecundidad.

“La fraternidad no es solo un don que nosotros nos ofrecemos recíprocamente: ¡es nuestra manera privilegiada de anunciar el Reino de Dios! Esto requiere que nos preguntemos constantemente sobre la calidad de nuestra oración común, de cómo progresamos en la comprensión recíproca y cómo conseguimos leer los signos de los tiempos en los capítulos locales, de la colaboración en el apostolado, del vivir la vida fraterna sin tener nada propio, de nuestra presencia en medio de los pobres y de nuestro compromiso hacia ellos y la mirada a todos los otros valores de nuestra vida evangélica”[4].

La estructura del capítulo VI

Nuestra vida en fraternidad está desarrollada así: el fundamento Trinitario y Cristológico y la inspiración franciscana (nº 88); el cultivo de la vida fraterna (artículo I) se explicita en la comunión fraterna (nº 89), en la ayuda mutua (nº 90), en la mutua integración entre los que tienen diferente edad (nº 91), en la asistencia a los enfermos (nº 92), en la vida fraterna en común (nº 94), en la observancia de la clausura y en la acogida (nº 95). Se dan particulares indicaciones sobre el uso de los medios de comunicación social (nº 96), sobre los medios de transporte y los viajes (nº 97), sobre la acogida de los hermanos y sobre los hermanos que viven fuera de las casas religiosas (nº 99). La mirada se amplía para centrarse en la colaboración entre Circunscripciones (nº 100), la familia franciscana (nº 101), las relaciones con la Orden Franciscana Seglar (nº 102), con los padres, bienhechores y colaboradores (nº 103), para llegar a la acogida de todos los que llegan a nuestras casas (nº 104). La acogida del extranjero invita al hermano a experimentarse a sí mismo en su condición de forastero. Los hermanos, como san Francisco, se sienten unidos por el vínculo fraterno con todas las criaturas (nº 105), viven y trabajan entre los hombres como levadura evangélica (nº 106), constructores de paz (nº 107), testigos de esperanza (nº 108).

Esta estructura nos invita a decir que “el fin último de nuestra vida es la consagración, la entrega de nosotros mismos. Cada gesto y cada acción adquieren sentido a partir de nuestra consagración. Hay que añadir también que existe una forma o modalidad insustituible en nuestra manera de realizar esa consagración. Se trata de la identidad fraterna y de minoridad, herencia preciosa de san Francisco. (...) Quien elige nuestra vida, elige en primer lugar hacerse hermano menor. Esta es la elección fundamental y que está por encima de cualquier especificación subsiguiente. En la Orden fundada por san Francisco no existen categorías, hay hermanos y solo hermanos. Consecuentemente la vida fraterna y la capacidad de relacionarse con todos sin distinción deben tener el primado en nuestro caminar cotidiano. (…) Somos una Orden de hermanos según la “revelación” que hizo el Señor a san Francisco, dándole hermanos y mostrándole que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”[5].

El origen de la fraternidad

La introducción a los dos artículos que componen el capítulo VI motiva teológicamente[6] el origen de la vida fraterna: “Durante su vida terrena, Jesús llamó a quienes Él quiso, para tenerlos junto a sí y para enseñarles a vivir según su ejemplo, para el Padre y para la misión que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15). Inauguraba de este modo una nueva familia de la cual habrían de formar parte a través de los siglos todos aquellos que estuvieran dispuestos a «cumplir la voluntad de Dios» (cf. Mc 3, 32-35). Después de la Ascensión, gracias al don del Espíritu, se constituyó en torno a los Apóstoles una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios y en una concreta experiencia de comunión (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-35). La vida de esta comunidad y, sobre todo, la experiencia de la plena participación en el misterio de Cristo vivida por los Doce, han sido el modelo en el que la Iglesia se ha inspirado siempre que ha querido revivir el fervor de los orígenes y reanudar su camino en la historia con un renovado vigor evangélico. En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, «muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» [87]). La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la historia los dones de la comunión que son propios de las tres Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se manifiesta la comunión fraterna en la vida eclesial son muchos. La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas consagradas, en efecto, viven «para» Dios y «de» Dios. Por eso precisamente pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones sociales”[7].

Nuestra forma de vida está por tanto modelada sobre la Trinidad. “Los escritos de san Francisco rebosan del Misterio de la Trinidad. La Regla no bulada (Rnb) comienza “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Rnb 1,2) y termina con “Gloria al Padre, y al hijo y al Espíritu Santo” (Rnb XXIII, 39). Sus escritos están entonados al Misterio de la Trinidad[8]. (…) Francisco fija su Orden como fraternidad inspirado por la misma claridad espiritual. (…) Francisco ha elegido la fraternidad, una vida en relación como hermanos y hermanas, porque Dios Trinidad es por naturaleza relacional: “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gén 1,27). No somos creados a imagen de un Dios solitario, aislado y autónomo, sino del Dios Trinidad, personal, relacional, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo. Por lo mismo nosotros somos imagen de Dios solo cuando vivimos en relación. La fraternidad ha sido la experiencia fontal de su conversión: “Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer…” (Test 16). Y la fraternidad se hace misión. “Francisco ha abrazado el plan de Dios con sus criaturas como una familia de hermanas y de hermanos: hermano sol, hermana luna, etc. (cfr Cánt.: FF 263). Él nunca denominó simplemente ‘Francisco’, sino siempre como ‘hermano Francisco’. Ser ‘hermano’ revelaba su modo de sentirse en relación con cada criatura a la que Dios lo llamaba y su misión de cuidar las relaciones con humildad sumisa” (VII CPO, 1 c). En efecto Francisco usa más a menudo, 306 veces, el título de “hermano” que cualquier otro a excepción del título de “Señor”, que utiliza 410 veces. Fraternidad es el don a la Iglesia, su respuesta a la invitación del Crucificado: “Repara mi Iglesia”. El Concilio Vaticano II afirma que la Santísima Trinidad es la “fraternidad” que crea la Iglesia: “La Iglesia universal se presenta como un pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Francisco purifica la iglesia invitando a todos a vivir como hermanos y hermanas. Y esta es también hoy nuestra misión”[9].

Si bien la misión permanece en el tiempo, la comprensión teológica cambia[10]. “La teología del Vaticano II y el magisterio de Pablo VI han determinado una nueva eclesiología. La Iglesia ahora se describe a sí misma como misterio de comunión: “la Iglesia universal se presenta como ‘un pueblo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Este cambio de perspectiva ha encontrado un desarrollo posterior y una profundización en los escritos del papa Juan Pablo II, de modo particular en la Novo Millenio Ineunte, y en los recientes documentos sinodales. La nueva eclesiología ha tenido una notable incidencia en la reflexión sobre la vida religiosa. El documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Vida Fraterna en comunidad, “Congregavit nos in unum Christi amor” (2 de febrero de 1994), afirma:“La evolución de la eclesiología ha incidido, más que ningún otro factor, en la progresiva comprensión de la comunidad religiosa. El Vaticano II afirmó que la vida religiosa pertenece «firmemente» a la vida y a la santidad de la Iglesia, situándola precisamente en el corazón de su misterio de comunión y de santidad” (nº 2). La exhortación apostólica Vita Consecrata (de 1996) añade: “La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la historia los dones de la comunión que son propios de las tres Personas divinas” (nº 41). La reflexión sobre las fuentes franciscanas y capuchinas desde el punto de vista de esta nueva perspectiva ha hecho emerger una visión profundamente renovada de la misión de la Orden en el mundo. La fraternidad evangélica es, en efecto, realmente la encarnación franciscana de la comunión”[11].

Es oportuno recalcar ahora que “el cambio más evidente, ocurrido después del Concilio, es el paso de una connotación fuertemente penitencial de nuestra forma de vida a otra en donde emerge la prioridad de la vida fraterna. El valor de la vida fraterna es un dato ya adquirido, y la formación que los hermanos de toda la Orden han recibido en este aspecto de nuestro carisma, ha sido, y ha continuado siendo, significativa y sustanciosa. Al mismo tiempo, somos conscientes de que la tentación y la fuga hacia el individualismo se están difundiendo de modo preocupante. Si en un tiempo nos hallábamos menos implicados en cuanto sucedía en el exterior del convento, hoy los nuevos medios de comunicación nos ofrecen de manera insistente, convincente y refinada una serie de mensajes y estilos de vida que favorecen una mentalidad puramente individualista, por lo que resulta difícil orientarnos y discernir. Frente a esta situación tenemos en la fraternidad un válido término de referencia: esto se desprende de la renovación de nuestras Constituciones iniciadas en el año 1968, donde la fuerza y la belleza de la vida fraterna se manifiestan como elementos prioritarios. La individualidad de todo hermano particular es un don precioso que hay que respetar y sostener, pero “el yo” de cada uno de "nosotros” se hace todavía más precioso y fecundo si se relaciona con el “nosotros” de la vida fraterna. Allí donde la vida fraterna es vivida y cultivada con cuidado, se crean las condiciones para que el hermano singular pueda afrontar con serenidad las situaciones provocadoras y difíciles de nuestro tiempo. La edición de 1968 representa un giro providencial; ahora se trata de permanecer fieles a ella y de buscar hacerla actual en los rápidos cambios que afectan al mundo entero. Todo hermano tiene el derecho de gozar del don de la fraternidad y de sentirse a su vez llamado a dar la propia energía a fin de que este don pueda desarrollar toda su efervescente vitalidad.

El giro de que escribía arriba tiene sus raíces en una relectura de las Fuentes Franciscanas, donde emerge de modo altamente significativo cómo Francisco de Asís habría valorado el don de todo hermano singular, escogiendo intencionadamente describir el movimiento por él iniciado como una “fraternitas”[12]. En nombre de esta originalidad de Francisco podemos afirmar con convicción que la vida fraterna vivida con intensidad y fidelidad es más exigente aun que la misma elección de la pobreza. Me explico: si la pobreza consiste principalmente en prescindir de la mayor cantidad de cosas en la vida y reducir a lo esencial mis cosas y las del común, el vivir fraterno exige una continua dinámica de donación, que nos compromete a hacer más auténtica la calidad de las relaciones que acompañan a nuestra cotidianidad. A veces se trata de saber perdonar y de saberlo hacer siempre de nuevo, otras veces sucede que hay que dar un paso hacia atrás dejando espacio al otro para que sus dones puedan florecer y dar fruto. La vida fraterna, originada por el Espíritu Santo, crece si la calidad de nuestras relaciones tiene el sabor de la acogida, del perdón, de la misericordia y de la caridad que el Señor Jesús nos ha presentado como Bienaventuranza para nuestra existencia. La pobreza que tantos hermanos nuestros han vivido y viven con alegría, no se relega a segundo plano, sino que, a la luz de aquella renovación que hace siempre jóvenes los carismas, asume las connotaciones de la solidaridad, de la coparticipación en los bienes con los últimos de la tierra, de la responsabilidad respecto a la salvaguarda de la Creación. Fraternidad significa también disponibilidad para superar los confines de la fraternidad local, de la Provincia o Custodia en que vivimos, para sostener Circunscripciones en dificultad o también para ser agregados a fraternidades interculturales donde las necesidades de personal son más urgentes”[13].

A la luz de cuando hemos dicho, adquiere un importante valor lo que el ministro general fr. Roberto Genuin escribe: “Hay dos temas en particular sobre los que vale la pena reflexionar siempre, porque son centrales en nuestra identidad, y pueden tener consecuencias importantes en el desarrollo de nuestra Orden: el tema de la fraternidad[14] y el tema de los hermanos no clérigos”[15].

“Una Orden de hermanos”

Nosotros, al profesar esta forma de vida, constituimos realmente una Orden de Hermanos” (Const. 88,7)[16].

La dimensión fraterna y minorítica de la Orden guarda la primitiva y genuina intuición de san Francisco de Asís,[17] que “quería, en fin, que la Religión fuera lo mismo para pobres e iletrados que para ricos y sabios. Solía decir: “En Dios no hay acepción de personas, y el ministro general de la Religión -que es el Espíritu Santo- se posa igual sobre el pobre y sobre el rico’” (2Cel 193 -FF 779). Esta intuición ha sido reconocida[18] y, con todo, ha sido necesario defenderla muchas veces[19].

Es fundamental proponer esta dimensión en la formación porque ahí es donde se construye una Orden de hermanos. “La evidente escasez de hermanos laicos en nuevas zonas de desarrollo de la Orden plantea un problema: ¿es el Señor quien solo quiere capuchinos ordenados in sacris, o quizás somos nosotros quienes nos vemos y proponemos solo como hermanos sacerdotes? No creo que sea una cuestión de números, sino de identidad carismática. Nuestra vocación es ser hermanos y menores: todas las demás 'cualificaciones' no añaden o quitan nada a esta identidad; más bien es a partir de esta identidad desde la que todo el resto recibe la fisonomía propia. No me cualifico como hermano menor porque soy sacerdote, o porque tengo un título de estudios, o porque puedo adoptar posiciones que se considerarán de prestigio dentro de mi cultura. No me cualifico como hermano menor porque puedo administrar una parroquia, administrar los sacramentos, dirigir una escuela o asumir cargos de poder dentro de la Iglesia y de la Orden. Me cualifico como hermano menor solo y en la medida en la que me comprometo a vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad, con una particular predilección por los servicios humildes que exigen generosidad y olvido de uno mismo, y por la cercanía a los últimos, a los excluidos y a los pobres. En nuestra Orden hay realmente espacio para todos, no solo para los llamados a las órdenes sagradas. Por esto tantos hermanos laicos nuestros han podido alcanzar la santidad sin ser sacerdotes, porque el ser ordenados no es elemento necesario para vivir nuestra vocación. Seremos más y mejores testigos del Evangelio, si a través de nuestros modos de razonar y a través de las elecciones que hacemos, logramos enriquecer a todas las culturas con esta identidad específica que es don del Espíritu Santo para el bien de todo el Pueblo de Dios. Tenemos que encontrar los modos para dar pasos concretos y significativos en este sentido”[20]

Algunas consideraciones sobre la vida fraterna

En el corazón del hombre hay un fuerte deseo de construir relaciones significativas. No obstante, al mismo tiempo, hay un gran miedo a vivir vínculos estables. Sin embargo, una identidad que evita los límites de las relaciones está condenada a ser vacía y fragmentada. Los hermanos pueden dar su contribución sobre el vivir juntos, sea porque la vida religiosa es -como toda la Iglesia- casa y escuela de comunión[21], sea porque los consagrados son llamados ante todo a ser hombres y mujeres del encuentro[22].

La relación es el instrumento formativo por excelencia porque “la vida fraterna es el lugar privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntos en unión de espíritu y de corazón”[23]. No obstante se pueden crear actitudes por las que la vida fraterna puede estar seriamente amenazada[24]. Puede haber situaciones en las que puede llegar a ser “solo teórica: falta la convivencia cotidiana, hecha de oración fraterna, de momentos para confrontar y compartir nuestra vida y nuestra fe, de servicios comunes realizados por todos al servicio de unos y otros; falta la dimensión propia de nuestra fraternidad, 'lugar' privilegiado en el que cada uno puede encontrar a Dios que le habla y le ofrece todos los elementos necesarios para su verdadero crecimiento humano y espiritual según nuestra vocación; falta el 'lugar' donde, más allá de las percepciones personales que siempre es bueno compartir, podamos también realmente discernir juntos cuál es la voluntad de Dios sobre la propia fraternidad local, provincial y de la Orden. En otro tiempo para constituir una fraternidad se requerían al menos 12 hermanos. Hoy no sería posible. Pero tampoco podemos pensar que nuestro carisma encontrará caminos para encarnarse con eficacia divina en las diversas culturas, si no apostamos con decisión por la presencia de fraternidades significativas, tanto en relación al número como en la vitalidad de sus relaciones fraternas. Será difícil un testimonio eficaz de nuestra vida si nos presentamos solo como agentes pastorales, totalmente dedicados al ministerio, sin la expresión de la vida fraterna”[25].

Para que se pueda crecer en la comunión “prestemos una especial atención al capítulo local, que es el instrumento privilegiado para promover y manifestar el crecimiento y la peculiaridad de nuestra vida en comunión fraterna. En él se expresa bien la obediencia caritativa, como característica propia de nuestra Fraternidad, mediante la cual los hermanos se sirven mutuamente, se fomenta la creatividad de todos y las cualidades personales concurren al bien común” (Const. 89,4)[26]. Sobre la importancia de las relaciones fraternas escribe el papa Francisco en la Evangelii gaudium: “Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los creyentes procuran esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando sutilmente escapan de un lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose sin vínculos profundos y estables. (…) Es un falso remedio que enferma el corazón, y a veces el cuerpo. Hace falta ayudar a reconocer que el único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás con la actitud adecuada, que es valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias internas. Mejor todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad. Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno” (EG 91-92).

En la construcción de una fraternidad mística siempre es óptima la máxima: “El tiempo perdido en las relaciones es el tiempo que da valor a las relaciones[27]. ¿Quieres saber cuánto vale la rosa para ti? Se pregunta en El Principito: ¿Cuánto tiempo le dedicas? ¿Cuánto tiempo pierdes por la rosa? El tiempo que valora las relaciones es el tiempo en el que se está juntos; es el tiempo que prepara el encuentro, y el que, al acabar, lo integra. “Perder tiempo” en la relación es perder tiempo en el conocimiento y en la gestión de las dinámicas relacionales que preceden, acompañan y siguen al encuentro.

“La voluntad de reapropiarnos de la vida evangélica fraterna ha constituido el esfuerzo más importante de la Orden para responder a la invitación hecha por el Concilio Vaticano II a todos los religiosos de volver al carisma de los orígenes. Y efectivamente en muchas diferentes Provincias nuestras los hermanos ancianos reconocen que en sus comunidades existe una más profunda sensibilidad para la vida fraterna. Al mismo tiempo, cinco Consejos Plenarios de la Orden han estado dedicados a la redefinición del significado evangélico de nuestra vida fraterna (…). “Y cuando el Señor me dio hermanos…” fue una vertiente en la vida de Francisco, que consideró siempre como respuesta primordial al santo Evangelio, la de vivir como hermano. Al final él sintió una relación de afecto con todos y con todo. Cada una de las criaturas era su hermano o su hermana; cada piedra, cada arroyo, su casa. Hablaba de hermano Sol, hermana Luna, hermano Viento y madre Tierra. Mediante la gracia Francisco llegó a un punto tal de no tener en sí ni violencia ni división, nada que lo pudiese separar de su prójimo o de la creación. Celano afirma que Francisco, purificado por la intensidad con que vivía la fraternidad, había vuelto a la inocencia original. Una calidad semejante del vivir fraterno presente en Francisco y en la primitiva fraternidad abría los corazones al mensaje del santo Evangelio. La fraternidad era su instrumento preferido de evangelización. ¡El “testimonio evangélico” no es una nueva ideología, es una nueva conversión! (…) No podemos llamarnos “pueblo evangélico” a menos cada hermano no tome la decisión de ser un “hombre evangélico”. “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Filp 2,5). Es este el terreno común al que nos invita la tradición capuchina mediante una seria dedicación al compartir la Palabra, a la meditación, a la Oración de la Iglesia, a la Eucaristía, a la Reconciliación. La creación de una fraternidad que lea seriamente los nuevos signos de los tiempos y reconozca la acción del Espíritu de Dios en medio del pueblo pide algo más que el estudio de los grandes acontecimientos nacionales y mundiales. La creación de una fraternidad inserta entre los pobres exige algo más que un simple cambio de localización o de modificación en la estructura de la fraternidad: requiere un camino mental y espiritual por parte de los hermanos. Trabajar eficazmente por la reconciliación y el reino de la justicia exige igualmente que una fraternidad emprenda una seria reflexión sobre el propio ambiente a la luz del Evangelio. “La sabiduría… es encontrada por quien la busca… La encontrará sentada a la puerta” (Sab 6,12.14). Francisco no encontró la clave de la paz y de la justicia en la lejana Roma o en la corte del Sacro Romano Imperio. Inició su búsqueda en su ambiente, en Santa María de los Ángeles junto con sus hermanos. Por ello es necesario un serio esfuerzo para el uso efectivo del capítulo local, que debe animar nuestras fraternidades a dar un testimonio más eficaz de los valores evangélicos que constituyen el fundamento de nuestra forma de vida. Una fraternidad evangélica no nace casualmente, simplemente poniendo juntos a los hermanos en la misma casa, sino que requiere atención y animación. Por ello el papel del Guardián como animador de la fraternidad local es indispensable. Los Guardianes deben ser visto por los Ministros Provinciales y por su fraternidad principalmente como guías espirituales. Y ellos mismo deben considerar la animación espiritual de su fraternidad como su primera y más importante responsabilidad (cfr. Vida Fraterna en comunidad, nº 50). Francisco quiso que su fraternidad expresase la específica calidad evangélica de la minoridad. En su primera Regla, Francisco indica cómo la minoridad debe informar las relaciones entre los hermanos mismos: “ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio y menos entre ellos” (Rnb 5,9; FF19. (…) Los dones son dados por el Espíritu Santo no para nuestro prestigio personal, sino para el servicio de la fraternidad y del mundo. San Francisco mismo nos remite al capítulo 13 del Evangelio de Juan, en el que Jesús hace comprender la naturaleza del servicio cristiano: “Y nadie sea llamado prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro” (Rnb 6,3; FF 23). Así la minoridad hace posible a personas, que poseen cualidades y responsabilidades muy diferentes en la sociedad y en la Iglesia, estar unidas en una auténtica fraternidad y vivir como iguales”[28].

Mutua integración

Procuremos que la diferencia de edad en nuestras fraternidades contribuya a la concordia de los espíritus y a la integración mutua. Dense muestras de caritativa atención y agradecimiento para con los hermanos ancianos. Los jóvenes tengan en la debida estima a los hermanos mayores y aprovechen de buen grado su experiencia. Los de más edad, por su parte, acepten las nuevas y sanas formas de vida y de actividad; comuníquense los unos a los otros los propios bienes” (Const. 91).

El encuentro entre las generaciones es fundamentalmente encuentro entre las diferencias y sigue la gramática de tal lógica. De suyo no es conflictivo, pero tampoco es evidente que sea enriquecedor. Cuando la diferencia es vivida en la propia persona, en los propios sueños, en los propios miedos, se ve amenazadora la diversidad (con las energías, los impulsos, las perturbaciones) de quien es portador de un cuerpo más adulto o más joven, se vuelve conflictiva. Este conflicto generacional se puede resolver a través de la disciplina del encuentro, el conocimiento del propio corazón y la sanación de las heridas. Si cada uno es capaz de ponerse en el lugar del otro, estará dispuesto a pensar que en el otro -con el que es difícil encontrarse- hay al menos una brizna de bondad y de verdad, si cada uno sabe escuchar hasta el fondo las razones del otro, los miedos y los sueños ligados a cada edad, entonces nacerá el milagro del encuentro generacional[29]. Es importante pensar que en el transcurrir de los años se atraviesan sueños, miedos, energías, impulsos, que son propios de cada franja de edad y que hacen que los vividos por un joven no sean los de un adulto o de un anciano. En cada etapa el hombre cuenta con una experiencia distinta de sí (y en particular del propio cuerpo y de sus funciones), del otro y de Dios.

Comentando la página de la presentación en el templo, el papa Francisco dice: “La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es llamada también fiesta del encuentro: (…) cuando María y José llevaron a su niño al Templo de Jerusalén, tuvo lugar el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por los dos ancianos Simeón y Ana. Ese fue un encuentro en el seno de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana (…). Es un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría al cumplir la Ley del Señor y los ancianos llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo. Es un singular encuentro entre observancia y profecía, donde los jóvenes son los observantes y los ancianos son los proféticos. (…). Y también en la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. No lo veamos como dos realidades contrarias. Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime a ambas, y el signo de ello es la alegría: la alegría de observar, de caminar en la regla de vida; y la alegría de ser conducidos por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte. Hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes; y hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y de sabiduría, y llevarlo adelante, no para custodiarlo en un museo, sino para llevarlo adelante afrontando los desafíos que la vida nos presenta, llevarlo adelante por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia”[30].

Tal vez también hoy para los adultos y los ancianos, en el encuentro de las generaciones, puede ser útil la imagen de Francisco que, alcanzada la meta, dice: “Yo he realizado mi tarea. Cristo os enseñe la vuestra”. Francisco de Asís no niega su historia y no absolutiza su experiencia de vida. La humildad responsable se convierte en una de las virtudes fundamentales para que las generaciones se encuentren y florezcan. Y, al mismo tiempo, como enseña el papa Francisco, es importante para los jóvenes recordar que “el fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación. Así, el «depósito», el carisma de una familia religiosa, queda custodiado tanto por la obediencia como por la sabiduría. Y este camino nos salva de vivir nuestra consagración de manera “light”, (…) que reduce la vida religiosa a una “caricatura”, una caricatura en la que se da un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia”[31].

En este proceso de diálogo y de integración “se trata de ser presencia y lugar en el que cada persona puede depositar su propio dolor, incluso el silencioso y quizá el ‘ilegítimo’, y sentirse ‘encender el corazón’. Se trata de vivir la vida fraterna en el Espíritu como lugar en el que las diferencias y las subjetividades se abren a los hermanos y se entregan a la relación”[32]. En el compromiso recíproco, en el desafío que es para todos, cada uno según la propia edad y el propio servicio, las palabras de Juan Pablo II han de acogerse con renovada confianza: “Personas consagradas, ancianas y jóvenes, vivid la fidelidad a vuestro compromiso con Dios, en mutua edificación y con mutuo apoyo”[33]. Retoma y sintetiza este concepto el papa Francisco cuando en la Evangelii Gaudium exhorta: “¡No nos dejemos robar la comunidad![34].

Hermanos enfermos

“Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle” (Adm XXIV: FF 174)[35]. La atención al hermano que es débil prueba el amor. La enfermedad en el tiempo de san Francisco obligaba a vivir en una condición de vulnerabilidad que el amor por el hermano enfermo era el signo evidente de un amor gratuito, desinteresado, auténtico y fuente de felicidad. Francisco de Asís tenía gran compasión por los hermanos enfermos y escribe en la Regla no Bulada: “Si alguno de los hermanos, dondequiera que esté, cayera enfermo, los otros hermanos no lo abandonen, sino designen a uno o más hermanos, si fuera necesario, que le sirvan como querrían ellos ser servidos (cf. Mt 7,12); pero, en caso de extrema necesidad, pueden confiarlo a alguna persona que se haga cargo de lo necesario para su enfermedad” (Rnb X: FF 34)[36]. Un amor tan grande por el enfermo que justifica también la excepción a la “Regla”[37]. En el capítulo VIII de la RnB se afirma que “ninguno de los hermanos, dondequiera que esté y adondequiera que vaya, en modo alguno tome ni reciba ni haga que se reciba pecunia o dinero, ni con ocasión del vestido ni de libros, ni como precio de algún trabajo, más aún, con ninguna ocasión, a no ser por manifiesta necesidad de los hermanos enfermos”[38]. Solo el amor por los enfermos y los leprosos puede motivar la aceptación de dinero al pedir la limosna: “Con todo, en caso de manifiesta necesidad de los leprosos, los hermanos pueden pedir limosna para ellos” (RnB VIII: FF 28). La firmeza ante el principio de no pedir la limosna -hasta el punto de subrayarlo con diversos matices: “de ningún modo tome, reciba o haga recibir”- cede el paso, con la audacia de la caridad, a las necesidades de los enfermos[39]. “Las necesidades de los leprosos” son la justificación, superior a todo ascetismo, para ir más allá del mandamiento de no recibir dinero. Por el mismo motivo y por la misma misericordia hacia los hermanos enfermos, si bien los hermanos no pueden tener animales y montar a caballo, los que están enfermos o en caso de necesidad están exentos de la prohibición: “Y no les sea permitido cabalgar, a no ser que se vean precisados por enfermedad o gran necesidad” (RnB XV: FF 41; cfr. RB III: FF: 85). Ante el hermano que sufre Francisco exige un corazón evangélico que sepa ponerse en el lugar de los otros y que sepa ir más allá de la seguridad de estar dentro de los límites de la observancia[40].

En Francisco de Asís se constata un amor inmenso hacia los que se encuentran en la debilidad[41]. Tal misericordia se manifiesta también en las palabras de exhortación que dirige al hermano enfermo para que en la debilidad no corra el peligro de apartarse del camino eucarístico del Evangelio: “Y ruego al hermano enfermo que dé gracias de todo al Creador; y que desee estar tal cual le quiere el Señor, ya sano ya enfermo, porque a todos los que Dios predestinó a la vida eterna (cf. Hch 13,48), los instruye con el aguijón de los azotes y enfermedades y con el espíritu de compunción, como dice el Señor: Yo a los que amo, los corrijo y castigo (Ap 3,19). Y si alguno se turba o irrita, sea contra Dios sea contra los hermanos, o si tal vez exige con inquietud medicinas, anhelando en demasía liberar la carne que pronto morirá y que es enemiga del alma, eso le viene del malo y él es carnal, y no parece ser de los frailes, porque ama más el cuerpo que el alma” (RnB X: FF 35). La gratitud es la palabra que el hermano dirige al Creador tanto en la salud como en la enfermedad, ya que “en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de continuo, todos nosotros creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo” (RnB XXIII: FF 71)[42].

Sobre la cercanía a nuestros hermanos enfermos, el Papa Francisco cuenta un diálogo tenido con una consagrada: “Ah, sí, Padre, en mi comunidad la superiora nos ha dado el permiso de salir, ir a los barrios pobres con la gente...» — «Y en tu comunidad, ¿hay religiosas ancianas?» — «Sí, sí... Esta la enfermería en el tercer piso» — «Y, ¿cuántas veces al día tú vas a visitar a tus religiosas, las ancianas que pueden ser tu mamá o tu abuela?» — «Sabe, Padre, yo estoy muy ocupada en el trabajo y no logro ir…». ¡Proximidad! ¿Quién es el primer prójimo de un consagrado o de una consagrada? El hermano o la hermana de la comunidad. Este es vuestro primer prójimo. Es también una proximidad hermosa, buena, con amor”[43].

Medios de comunicación

Los medios de comunicación social contribuyen al desarrollo de la persona y a extender el Reino de Dios. Sin embargo, su elección y uso requieren un criterio de madurez y moderación, evitando aquellas cosas contrarias a la fe, a la moral y a la vida consagrada” (Const 96,1).

No es posible, hoy día, no estar implicados en los medios de comunicación social (tradicionales o nuevos). Tienen una múltiple utilidad y pueden aportar una contribución al crecimiento de la persona y a la evangelización. Pablo VI, con el decreto sobre los instrumentos de comunicación social Inter Mirifica, recoge la riqueza que ofrecen a la humanidad: “Entre los maravillosos inventos de la técnica que, sobre todo en estos tiempos, el ingenio humano, con la ayuda de Dios, ha extraído de las cosas creadas, la madre Iglesia acoge y fomenta con especial solicitud aquellos que atañen especialmente al espíritu humano y que han abierto nuevos caminos para comunicar con extraordinaria facilidad noticias, ideas y doctrinas de todo tipo. Entre tales inventos sobresalen aquellos instrumentos que, por su naturaleza, pueden llegar no solo a los individuos, sino también a las multitudes y a toda la sociedad humana, como son la prensa, el cine, la radio, la televisión y otros similares que, por ello mismo, pueden ser llamados con razón medios de comunicación social. La madre Iglesia sabe, en efecto, que estos medios, si se utilizan rectamente, proporcionan valiosas ayudas al género humano, puesto que contribuyen eficazmente a descansar y cultivar el espíritu y a propagar y fortalecer el Reino de Dios” (IM 1.2). Acerca de los usuarios especifica: “Dado que el recto uso de los medios de comunicación social está al alcance de usuarios diferentes por su edad y su cultura, y que exige en las personas una formación y una experiencia peculiar y adecuada, es necesario fomentar, multiplicar y encauzar, según los principios de la moral cristiana, las iniciativas aptas para conseguir este fin -sobre todo si están destinadas a los más jóvenes- en las escuelas católicas de cualquier grado, en los seminarios y en las asociaciones de apostolado laical. Para conseguir este propósito con mayor rapidez, debe proporcionarse en el catecismo la exposición y explicación de la doctrina y de la enseñanza católicas sobre estas materias” (IM 16). Respecto a los deberes de los usuarios afirma: “Peculiares deberes incumben a todos los destinatarios, es decir, lectores, espectadores y oyentes que, por una elección personal y libre, reciben las comunicaciones difundidas por tales medios. Una recta elección exige, en efecto, que estos favorezcan plenamente todo lo que destaque la virtud, la ciencia y el arte y eviten, en cambio, lo que pueda ser causa u ocasión de daño espiritual, lo que pueda poner en peligro a otros por su mal ejemplo, o lo que dificulte las informaciones buenas y promueva las malas; esto sucede muchas veces cuando se colabora con empresarios que manejan estos medios con móviles exclusivamente económicos. Por consiguiente, para cumplir la ley moral, los destinatarios de los medios no deben olvidar la obligación que tienen de informarse a tiempo sobre los juicios que sobre estas materias emite la autoridad competente y de seguirlos según las normas de la conciencia recta; y para poder oponerse con mayor facilidad a las incitaciones menos rectas, favoreciendo plenamente las buenas, procuren dirigir y formar su conciencia con las ayudas adecuadas” (IM 9).

Entre los múltiples instrumentos de formación de la conciencia están los mensajes que cada año el Santo Padre envía con ocasión de la jornada mundial de los medios de comunicación social. En el Mensaje para la XLVIII jornada mundial con el lema Comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro se dice: “Hoy vivimos en un mundo que se va haciendo cada vez más «pequeño»; por lo tanto, parece que debería ser más fácil estar cerca los unos de los otros. El desarrollo de los transportes y de las tecnologías de la comunicación nos acerca, conectándonos mejor, y la globalización nos hace interdependientes. Sin embargo, en la humanidad aún quedan divisiones, a veces muy marcadas. (…) En este mundo, los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos. Comunicar bien nos ayuda a conocernos mejor entre nosotros, a estar más unidos. Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros. Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. Los medios de comunicación pueden ayudarnos en esta tarea, especialmente hoy, cuando las redes de la comunicación humana han alcanzado niveles de desarrollo inauditos. En particular, Internet puede ofrecer mayores posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos; y esto es algo bueno, es un don de Dios. Sin embargo, también existen aspectos problemáticos: la velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio, y no permite una expresión mesurada y correcta de uno mismo. La variedad de las opiniones expresadas puede ser percibida como una riqueza, pero también es posible encerrarse en una esfera hecha de informaciones que sólo correspondan a nuestras expectativas e ideas, o incluso a determinados intereses políticos y económicos. El mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, a desorientarnos. El deseo de conexión digital puede terminar por aislarnos de nuestro prójimo, de las personas que tenemos al lado. Sin olvidar que quienes no acceden a estos medios de comunicación social –por tantos motivos–, corren el riesgo de quedar excluidos. Estos límites son reales, pero no justifican un rechazo de los medios de comunicación social; más bien nos recuerdan que la comunicación es, en definitiva, una conquista más humana que tecnológica. Entonces, ¿qué es lo que nos ayuda a crecer en humanidad y en comprensión recíproca en el mundo digital? Por ejemplo, tenemos que recuperar un cierto sentido de lentitud y de calma. Esto requiere tiempo y capacidad de guardar silencio para escuchar. Necesitamos ser pacientes si queremos entender a quien es distinto de nosotros: la persona se expresa con plenitud no cuando se ve simplemente tolerada, sino cuando percibe que es verdaderamente acogida. (…) Entonces, ¿cómo se puede poner la comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro? Para nosotros, discípulos del Señor, ¿qué significa encontrar una persona según el Evangelio? ¿Es posible, aun a pesar de nuestros límites y pecados, estar verdaderamente cerca los unos de los otros? Estas preguntas se resumen en la que un escriba, es decir un comunicador, le dirigió un día a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). La pregunta nos ayuda a entender la comunicación en términos de proximidad. Podríamos traducirla así: ¿cómo se manifiesta la «proximidad» en el uso de los medios de comunicación y en el nuevo ambiente creado por la tecnología digital? Descubro una respuesta en la parábola del buen samaritano, que es también una parábola del comunicador. En efecto, quien comunica se hace prójimo, cercano. El buen samaritano no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad». (…) No basta pasar por las «calles» digitales, es decir simplemente estar conectados: es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro. No podemos vivir solos, encerrados en nosotros mismos. Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos ternura. Las estrategias comunicativas no garantizan la belleza, la bondad y la verdad de la comunicación. El mundo de los medios de comunicación no puede ser ajeno de la preocupación por la humanidad, sino que está llamado a expresar también ternura. La red digital puede ser un lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas. La neutralidad de los medios de comunicación es aparente: solo quien comunica poniéndose en juego a sí mismo puede representar un punto de referencia. El compromiso personal es la raíz misma de la fiabilidad de un comunicador. Precisamente por eso el testimonio cristiano, gracias a la red, puede alcanzar las periferias existenciales. Lo repito a menudo: entre una Iglesia accidentada por salir a la calle y una Iglesia enferma de autorreferencialidad, prefiero sin duda la primera. Y las calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales, pobladas de humanidad, a menudo herida: hombres y mujeres que buscan una salvación o una esperanza. Gracias también a las redes, el mensaje cristiano puede viajar «hasta los confines de la tierra» (Hch. 1,8). Abrir las puertas de las iglesias significa abrirlas asimismo en el mundo digital, tanto para que la gente entre, en cualquier condición de vida en la que se encuentre, como para que el Evangelio pueda cruzar el umbral del templo y salir al encuentro de todos. Estamos llamados a dar testimonio de una Iglesia que sea la casa de todos. ¿Somos capaces de comunicar este rostro de la Iglesia? La comunicación contribuye a dar forma a la vocación misionera de toda la Iglesia; y las redes sociales son hoy uno de los lugares donde vivir esta vocación redescubriendo la belleza de la fe, la belleza del encuentro con Cristo. También en el contexto de la comunicación sirve una Iglesia que logre llevar calor y encender los corazones.

No se ofrece un testimonio cristiano bombardeando mensajes religiosos, sino con la voluntad de donarse a los demás «a través de la disponibilidad para responder pacientemente y con respeto a sus preguntas y sus dudas en el camino de búsqueda de la verdad y del sentido de la existencia humana» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2013). (…) Que la imagen del buen samaritano que venda las heridas del hombre apaleado, vertiendo sobre ellas aceite y vino, nos sirva como guía. Que nuestra comunicación sea aceite perfumado para el dolor y vino bueno para la alegría. Que nuestra luminosidad no provenga de trucos o efectos especiales, sino de acercarnos, con amor y con ternura, a quien encontramos herido en el camino. No tengan miedo de hacerse ciudadanos del mundo digital. El interés y la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación son importantes para dialogar con el hombre de hoy y llevarlo al encuentro con Cristo: una Iglesia que acompaña en el camino sabe ponerse en camino con todos. En este contexto, la revolución de los medios de comunicación y de la información constituye un desafío grande y apasionante que requiere energías renovadas y una imaginación nueva para transmitir a los demás la belleza de Dios”[44]. Todo desafío necesita acompañamiento y discernimiento[45]. La fraternidad, bajo la guía del guardián, realiza este servicio de crecimiento a fin de que “se salvaguarde al mismo tiempo la pobreza, la vida de oración y el silencio, la comunión fraterna y el trabajo, y dichos medios sirvan para el bien y la actividad de todos” (Const. 96 2).

Colaboración entre Circunscripciones.

“Fraternidades San Lorenzo de Brindis”

“Alimentemos el sentido de pertenencia a toda la familia capuchina, como miembros de una Orden de hermanos. Emprendamos y desarrollemos gustosamente la colaboración entre nuestras circunscripciones, sosteniendo la vitalidad de nuestro carisma y el bien de la Orden más que la supervivencia de estructuras” (Const. 100, 1-2).

La colaboración entre las Circunscripciones se realiza de modos diversos y en diferentes niveles. Es un acontecimiento formativo tanto en el sentido de que se necesita formarse en esta dirección, como en el sentido de que colaborar es ya formación para una pertenencia que tiene una identidad internacional. Está hecha de reciprocidad entre quien acoge un don y quien lo recibe. “Acojamos la múltiple riqueza de las diversas culturas, promoviendo el encuentro y el diálogo entre nosotros, conscientes de que el bautismo y la profesión establecen entre nosotros vínculos más fuertes que los ligámenes naturales” (Const. 100,5). Toda experiencia de colaboración es una experiencia de fe[46] que enriquece a todos: a los hermanos que parten como a los hermanos que los acogen. Y al mismo tiempo -toda experiencia de colaboración- exige a todos una ascesis relacional: es un encuentro entre culturas, modos diversos de vivir el evangelio y el carisma franciscano-capuchino.

En el ámbito de la colaboración entre Circunscripciones, nace el proyecto: “Fraternidades para Europa”, rebautizado “Fraternidades san Lorenzo de Brindis”[47].

En la carta a la Orden al comienzo del sexenio el Ministro General fr. Roberto Genuin escribe: “El proyecto se desarrolla actualmente, aunque con modalidades diferentes, en algunas fraternidades ya constituidas e iniciadas: Clermont Ferrand y Lourdes en Francia, Kilkenny en Irlanda, Amberes en Bélgica, León en España y Spello en Italia. Esta iniciativa parece que ya está dando frutos muy positivos, y nosotros con firmeza, atendiendo a los mandatos del Capítulo general, queremos comprometernos a apoyarla aún más. Por el momento, estamos pensando y trabajando para que se constituyan otras dos nuevas fraternidades con estas características: Meercel-Dref en Bélgica, cerca de la frontera con Holanda, y en el santuario de Mariabesnyo, una de nuestras antiguas presencias en Hungría. Quisiéramos también valorizar, en este sentido, Le Celle de Cortona, uno de nuestros lugares franciscanos por excelencia. Se trata de uno de los lugares que podría responder muy bien a la necesidad de muchos hermanos de saborear de nuevo las raíces de nuestra espiritualidad, volviendo a nuestras fuentes, y pasando un tiempo, más o menos prolongado, en un clima de sencillez, de oración y de acogida. Naturalmente, para todas estas iniciativas, pedimos la disponibilidad y el entusiasmo de hermanos que deseen lanzarse a esta hermosa aventura. Aquellos que estén disponibles pueden informar a sus propios Ministros Provinciales y al Consejero General del área; ellos sabrán cómo coordinar todo y responder de la mejor manera a los deseos y capacidades de cada hermano según las nuevas oportunidades de crecimiento y de testimonio que el proyecto ofrece”[48].

Estas fraternidades constituyen una red carismática y no son fraternidades “especiales”. Escribía M. Jöhri: “Deseo ver surgir fraternidades que vivan una fe pura y profunda, donde la cualidad de las relaciones fraternas se convierte testimonio del Amor de Dios, y lugar de acogida capaz de generar propuestas de seguimiento al Señor Jesús. Queremos evangelizar con nuestra vida cotidiana y lo queremos hacer en comunión con las Iglesias locales y con las realidades eclesiales allí donde el Señor nos conceda estar presentes”[49].

Salir no ha sido nunca fácil, como cuenta el diálogo entre Francisco de Asís y el obispo de Ostia, que dice al hermano: “¿Y por qué has enviado tan lejos a tus hermanos a morir de hambre y a tener que soportar otras tribulaciones?”. El bienaventurado Francisco, con gran fervor y con espíritu profético, respondió: «Señor, ¿creéis que el Señor ha suscitado esta familia para que envíe hermanos solamente a estas provincias? Os digo en verdad que el Señor ha elegido y enviado a los hermanos por el bien y salvación de las almas de todos los hombres del mundo; y no solamente serán recibidos en tierras de cristianos, sino también de paganos; y ganarán muchas almas».” (EP, 65, FF 1758).

Para animar las formas de colaboración entre las Circunscripciones, fr. Roberto Genuin, ministro General, escribe: “Existe otra forma de colaboración entre Circunscripciones iniciada hace tiempo con muchos efectos beneficiosos, y que creemos que se debe apoyar con el máximo esfuerzo, porque caracterizará fuertemente el futuro de la Orden: se trata de la apertura generosa y cualificante de la dimensión fraterna a la colaboración entre Circunscripciones vecinas o de la misma zona. Aquellos que han iniciado este camino con firmeza, y han hecho frente a las dificultades que nacen de este intento, saben también cuántos son los beneficios que aporta la colaboración, particularmente a las jóvenes generaciones de la Orden, que sin dificultad aprenden a estar abiertos a la dimensión mundial de nuestra fraternidad, sin quedar limitados o entristecidos por las fragilidades locales, porque confían en que nuestra mayor riqueza es la pluriformidad”[50].

Familia franciscana

Nosotros hermanos menores capuchinos formamos parte de una gran familia franciscana. Compartimos nuestro carisma con los hermanos de la I Orden que profesan la Regla de S. Francisco, pero también con las Clarisas, con la OFS y JUFRA. El 23 de diciembre de 2018, la Conferencia de los Ministros Generales de la Primera Orden franciscana y de la Tercera Orden regular ha escrito a todos los hermanos, y a los hermanos y hermanas de la OFS y de la JUFRA, con ocasión del 40º aniversario de la promulgación de la Regla OFS[51]. Acerca del recíproco cuidado leemos en un pasaje de dicha carta: “La colaboración y la comunión entre los miembros de la Familia Franciscana, hoy más que nunca, deben manifestarse con enriquecimiento mutuo. Por un lado, la Iglesia ha confiado a los frailes de la Primera Orden y de la TOR el cuidado espiritual y pastoral de la OFS, como se recuerda en la Regla: “Como signo concreto de comunión y de corresponsabilidad, los Consejos de los diferentes niveles, según las Constituciones, pedirán religiosos idóneos y preparados para la asistencia espiritual, a los Superiores de las cuatro Familias religiosas franciscanas, a las cuales, desde siglos, está unida la Fraternidad Seglar” (Regla de la OFS, capítulo III, núm. 26). Por otro lado, los miembros de la OFS están llamados a mostrar la naturaleza secular del carisma franciscano, que es lo que caracteriza su espiritualidad y su vida apostólica, y por lo tanto, viviendo plenamente su llamado específico, cuidarán a su vez con la oración y la acción la vocación de los frailes con quienes comparten el carisma”[52].

“Conscientes de la promesa de san Francisco a Clara y a las hermanas pobres de San Damián, debemos tener siempre diligente cuidado y especial solicitud por nuestras hermanas de la Segunda Orden que, en la vida contemplativa, ofrecen a diario un sacrificio de alabanza, se empeñan, en soledad y silencio, por unirse con Dios y acrecientan la Iglesia con una misteriosa fecundidad apostólica” (Const. 101,3). Clara de Asís escribe en su Testamento: “y (Francisco) movido a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud especial de nosotras como de sus hermanos” (Testamento de Clara, 29)[53].

Hay que subrayar además que, “dentro del ámbito de la Familia franciscana ocupa también un puesto especial la fraternidad u Orden Franciscana Seglar, que comparte y promueve el genuino espíritu, que es indispensable para la plenitud del carisma franciscano” (Const. 102,1). El común carisma ha que el cuidado espiritual y pastoral de la OFS se confíe a la Primera Orden franciscana y a la Tercera Orden regular (Const. 102,3).

Vida de los hermanos en el mundo

“San Francisco comprendió que la Iglesia ha nacido como una comunidad y por esto estuvo profundamente convencido de que el Evangelio tendría que continuar creciendo en el mundo por medio de la fraternidad. Así mandó a sus hermanos de dos en dos a proclamar la penitencia y la paz (1Cel 29, FF 366; ib. 30, FF 368, etc.; cfr. Mc 6,7; Lc 10,1). Francisco se veía a sí mismo como hermano; lo que determinaba su modo de servir y de proclamar el evangelio. (…) “¡Quiero que esta fraternidad sea llamada de los hermanos menores!” (1Cel 38, FF 386). Era precisamente la minoridad la que convertía a la primitiva fraternidad franciscana en una fuerza evangélica tan poderosa en el mundo”[54]. Su conversión a la fraternidad minorítica comenzó conociendo la cruz de nuestro Señor Jesucristo. De ella ha aprendido la “sabiduría que nos ha sido revelada en la carta a los Efesios: “Cristo… es nuestra paz… nos ha reconciliado con Dios… por su cruz ha destruido lo que nos separaba” (Ef 2,14ss). Paz y reconciliación son elementos fundamentales del apostolado de san Francisco. En su Testamento afirma en efecto que fue el mismo Señor quien le reveló las palabras de saludo que lo han caracterizado: “El Señor te dé la Paz”. Francisco ha cantado y orado la paz y el perdón también con estas palabras: “Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor… Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, porque por ti, Altísimo, coronados serán”. San Francisco ha alcanzado la pasión y el amor por la paz y la reconciliación a partir de su experiencia de violencia y de división familiar, social y ciudadana en Asís y en la Italia del siglo XIII. La cruz le fue revelada como alternativa. En Francisco el espíritu de venganza se ha convertido en reconciliación. La violencia difundida y ciega que de muchos modos se da hoy en el mundo, debe despertar en nosotros la misma pasión por la paz y la reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! (…) Francisco ha contemplado a Cristo en el prójimo, Francisco ha contemplado a Cristo en la cruz de san Damián, de este manantial de sabiduría Francisco ha inspirado en los ciudadanos de Arezzo, Damieta, Asís, Borgo San Sepolcro el amor que reconcilia. El corazón desarmado de Francisco ha inspirado en su mundo la paz creativa y reconciliadora”[55]. Su experiencia lo ha llevado a decir: “Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo” (Adm XV; FF 164). La paz ha hecho de Francisco y de los hermanos hombres de reconciliación[56], enviados al mundo “para curar las heridas, vendar a los quebrados, corregir a los equivocados”[57]. En la Leyenda de Perusa y en las Florecillas leemos algunos episodios y notamos que “una característica notable es la gran diversidad de los instrumentos usados para la misma reconciliación: Para traer la paz a Montecasale y reconciliar a los ladrones, los hermanos prepararon una comida con abundante pan y buen vino (Flor XXVI: FF 1858); para liberar a Arezzo de los demonios del odio y de la guerra Francisco envió al santo predicador Silvestre (LP 81: FF 1637); el canto de una nueva estrofa del “Cántico de las criaturas” reconcilió al Obispo y al Podestà de Asís (LP 44: FF 1593). Leyendo estas narraciones, a menudo me he preguntado cómo Francisco llegó a escoger estos “instrumentos” de reconciliación: pan y vino en Montecasale, Silvestre en Arezzo, un canto en Asís. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). ¡Francisco tuvo la intuición evangélica de buscar los signos de la redención precisamente donde la ausencia era más evidente! La injusticia en nuestro mundo raramente es eliminada por grandes gestos. El cardenal Arns dice que “los sucesos importantes de la historia son las mil humildes acciones que sanan y reconcilian”. Francisco fue al Sultán. Sin embargo sus fuerzas especialmente creativas para cambiar la sociedad de su tiempo se han de buscar en las “humildes acciones que sanan y reconcilian” que él hizo en Umbría y en el Valle de Rieti. “La sabiduría… la encuentra quien la busca… la encontrará sentada a la puerta” (Sab 6,12-14). El Espíritu Santo está obrando y cambiando el mundo. Debe ser don especial de los franciscanos, especialmente de los que desean con gran pasión cambiar las estructuras de nuestra sociedad, el descubrir los nuevos y dinámicos instrumentos de justicia y de reconciliación que continuamente se manifiestan en el mundo. Esto exige una visión contemplativa de la fe. ¡Como Francisco, comencemos descubriendo las fuerzas de esperanza que están presentes precisamente a nuestra puerta! (…) El primer cambio que hemos de buscar es el de nuestro corazón y de nuestras fraternidades. Nuestras fraternidades estánllamadas a ser hermandad en el mundo”[58]. En el carisma franciscano la acogida se completa con la dimensión misionera que es amor preferencial de Dios por la humanidad[59].

“El cap. 13 del Evangelio de Juan se convierte en el modelo definitivo que Francisco propone a sus hermanos, un modelo que no dice solo cómo deben tratarse los unos con los otros, sino también cómo se deben comportar en relación con el mundo, esto es, como hermanos menores. La renuncia de Francisco al poder es en todo y por todo tan radical como su renuncia a la propiedad. (…) Vivimos como hermanos menores cuando nos ponemos al servicio de la humanidad buscando abrazar al mundo entero en una fraternidad universal. (…) La Orden capuchina es uno de los pocos institutos religiosos que está presente en todo el mundo. Este don de la universalidad que el Espíritu Santo ha concedido como una característica privilegiada de la Orden en la época moderna, nos ofrece la experiencia de una variada gama de desafíos evangélicos. Al mismo tiempo tal don de universalidad lleva consigo la especial responsabilidad de formular respuestas evangélicas en palabras y obras, respuestas que sean coherentes con nuestro carisma”[60].

La minoridad y la vida fraterna son nuestra respuesta evangélica a las demandas del hombre[61]. Se expresa también en el deseo de diálogo con el mundo contemporáneo. “Esta forma de vida en fraternidad constituye un desafío y una propuesta en el mundo actual, a menudo herido por el odio étnico o por la locura homicida”, recorrido por pasiones e intereses enfrentados, deseoso de unidad pero inseguro “de los caminos a tomar (cfr. Vita Consecrata 51). Vivir la fraternidad de los verdaderos discípulos de Jesús puede constituir una singular “bendición” para la Iglesia y una “terapia espiritual” para la humanidad (cfr. Ibid. nº 87)”[62]. Quien dialoga, en efecto, se pone en actitud de discipulado y por lo mismo de minoridad. El Papa Francisco escribe: “Pensemos en el episodio de los discípulos de Emaús. Es necesario saber entrar en diálogo con los hombres y las mujeres de hoy para entender sus expectativas, sus dudas, sus esperanzas, y poder ofrecerles el Evangelio, es decir Jesucristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado para liberarnos del pecado y de la muerte. Este desafío requiere profundidad, atención a la vida, sensibilidad espiritual. Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas”[63].

Visión franciscana del mundo

“El amor fraterno solo puede ser gratuito, nunca puede ser un pago por lo que otro realice ni un anticipo por lo que es­peramos que haga. Por eso es posible amar a los enemigos. Esta misma gratuidad nos lleva a amar y aceptar el viento, el sol o las nubes, aunque no se sometan a nuestro control. Por eso podemos hablar de una fraternidad universal”[64]. La relación con la creación es vivida en la dimensión teológica de la fraternidad: “San Francisco, gozándose sobre manera del mundo creado y redimido, se sentía unido fraternalmente no solo a los hombres sino también a todas las criaturas, como él mismo proclamó maravillosamente en el cántico del hermano Sol” (Const. 105, 1). La creación está, por tanto, fraternalmente unida a la humanidad[65] y de ella puede recibir beneficio o ser dañada. El papa Francisco escribe: “Las heridas infligidas al medio ambiente son heridas inexorables para la humanidad más indefensa. En la Encíclica Laudato si escribí: «No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología». (…) ¡Por favor, no os olvidéis de que la justicia social y la ecología están profundamente interconectadas!”[66]. Tomar la dimensión de interdependencia de las múltiples realidades creadas lleva a una mirada contemplativa hacia el mundo. Admirando las obras de la creación, de las que Cristo es principio y fin (cfr. Const. 105,2), el corazón se abre a la alabanza del Dios Altísimo que es belleza, custodio y defensor, “nuestra vida eterna, grande y admirable Señor, omnipotente Dios, misericordioso Salvador” (AlD 5-6).

Conclusiones

Este capítulo de las Constituciones nos manifiesta la belleza de una vida evangélica fraterna y minorítica. Parece oportuno, al terminar, volver a escuchar la palabra del Ministro General fr. Roberto Genuin que en su primera carta circular escribe: “Estamos seguros de que el Señor no permanece impasible ante nuestros esfuerzos o fracasos como si fuese un simple espectador, ni se presenta como un simple modelo a imitar; todo lo contrario, diariamente permanece a nuestro lado y hace de nosotros lo que Él desea. Gracias a Él podemos retomar siempre con confianza el hermoso tramo del camino que nos queda por recorrer. Todos somos conscientes de los valores que nos unen y caracterizan nuestra identidad carismática, y de nuestro deseo de encarnarlos con mayor autenticidad. El Señor nos conducirá con eficacia y fidelidad”[67].


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[1] Por ejemplo, el n. 88.6 remite a Rnb 1,1.6,3; RB 1,1; 2,1.7; 12,1; 2Test 14; el n. 89.2 remite a Rnb 18,1; 2Test 14; 2CtaF 43; CtaM 17; 89.3 remite a Rnb 4,4; 6,2; 19,1; 11,6.9; 9,10;14,6; Adm 3,5-6; 12; 14; CtaM 17; Salvir 12; el n. 90.1 remite a RnB 6,3;22,33; 2Test; el n. 90.2 remite Rnb 4; 6,3-4; el n. 90.3 remite a RB 7,2; el n. 92.1 remite a Rnb 8;10; RB 6,9; Adm 24; el n. 92.2 remite a Rnb 9,11; RB 6,8; el n. 92.3 remite a Rnb 10,1ss; RB 6,8-9; el n. 92.4 remite a Rnb 10; el n. 93.1.2 remite a Rnb 10,3-4; el n. 93.3 remite a Rnb 10,3; 23,7; Adm 5,8; el n. 95.5 remite a Rnb 7,13ss; el n. 97.4 remite a Rnb 15,2; RB 3,10-14; el n. 98.1 remite a Rnb 7,16; RB 6,7-8; el n. 99.4 remite a RB 6,7; el n. 99.5 remite a Rnb 4,2; RB 10,1; el n. 102.6 remite a Rnb 1,1; 2Lf 13; CtaO 51; Lfl3; el n. 104 remite a Rnb 9,5; el n. 105.4 remite a Rnb 23,1-7; 2Lf 1-15; el n. 106.1 remite a Rnb 9,1; 16,7-9; Rnb 27; Lord 9; el n. 106 remite a Rnb 22; 1Lf14-19; 2Lf 56-60; el n. 106.3 remite a Adm 13-16;18; el n. 106.4 remite a RB 12,4; el n. 107.1 remite a Rnb 14,2; RB 3,13; Test 23; Lrp 1; BenL 2; el n. 108.1 remite a RB 3,10-14; el n. 108.2 remite a Rnb 7,101-12; 8,1-2; 22,15ss; RB 10,7; el n. 108.5 remite a Rnb 17,6; 23,1; CtaO 1;15; ALHor 11; OrSD 1; OfP 2.

[2] De la Regla Bulada se citan algunos textos: RB 3,10-14: “Aconsejo de veras, amonesto y exhorto a mis hermanos en el Señor Jesucristo que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan con palabras, ni juzguen a los otros; sino sean apacibles, pacíficos y moderados, mansos y humildes, hablando a todos honestamente, como conviene. Y no deben cabalgar, a no ser que se vean obligados por una manifiesta necesidad o enfermedad. En cualquier casa en que entren, primero digan: Paz a esta casa. Y, según el santo Evangelio, séales lícito comer de todos los manjares que les ofrezcan”; RB 6,7-9: “Y, dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, muéstrense familiares mutuamente entre sí. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual? Y, si alguno de ellos cayera en enfermedad, los otros hermanos le deben servir, como querrían ellos ser servidos”; RB 10,1.7: “Los hermanos que son ministros y siervos de los otros hermanos, visiten y amonesten a sus hermanos, y corríjanlos humilde y caritativamente, no mandándoles nada que sea contrario a su alma y a nuestra Regla. (…) Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, cuidado y solicitud de este siglo, detracción y murmuración”; RB 12,1.4: “Cualesquiera hermanos que, por divina inspiración, quieran ir entre los sarracenos y otros infieles, pidan la correspondiente licencia de sus ministros provinciales.() para que, siempre súbditos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe católica (cf. Col 1,23), guardemos la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente hemos prometido”.

[3] Entre los múltiples y válidos estudios sobre la Regla se proponen en particular: P. Maranesi-F. Accrocca (ed.); La regola di Frate Francesco. Eredità e sfida, Padova 2012; F. Uribe, La Regla de san Francisco. Letra y espíritu, Murcia 2006.

[4] J. Corriveau, Os mando por todo el fundo a fin de que deis testimonio con la palabra y con las obras. 1996

[5] M. Jöhri, Reavivemos la llama de nuestro carisma, 2008, nº 15.

[6] Cfr. Perfectae Caritatis: “Ya desde los orígenes de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se esforzaron por seguir con más libertad a Cristo por la práctica de los consejos evangélicos y, cada uno según su modo peculiar, llevaron una vida dedicada a Dios, muchos de los cuales bajo la inspiración del Espíritu Santo, o vivieron en la soledad o erigieron familias religiosas a las cuales la Iglesia, con su autoridad, acogió y aprobó de buen grado. De donde, por designios divinos, floreció aquella admirable variedad de familias religiosas que en tan gran manera contribuyó a que la Iglesia no sólo estuviera equipada para toda obra buena (Cf. Tim., 3,17) y preparada para la obra del ministerio en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, sino también a que, hermoseada con los diversos dones de sus hijos, se presente como esposa que se engalana para su Esposo, y por ella se ponga de manifiesto la multiforme sabiduría de Dios. Mas en medio de tanta diversidad de dones, todos los que son llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos y fielmente los profesan se consagran de modo particular al Señor, siguiente a Cristo, quien, virgen y pobre, redimió y santificó a los hombres por su obediencia hasta la muerte de Cruz. Así, impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones, viven más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia. Porque cuanto más fervientemente se unan a Cristo por medio de esta donación de sí mismos, que abarca la vida entera, más exuberante resultará la vida de la Iglesia y más intensamente fecundo su apostolado” (nº 1). Cfr. También CIVCSVA, Vida Fraterna en Comunidad “Congregavit nos in unum Christi amor”, 2 de febrero de 1994.

[7] Vita Consecrata 41. Claras referencias también a CIVCSVA, Vida fraterna en comunidad “Congregavit nos in unum Christi amor”, 2 de febrero de 1994.

[8] El hermano Francisco, anunciando su intención de escribir la carta a todos los Fieles, afirma: “…comunicaros, a través de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo” (2Ctaf 3: FF180). (…) “…amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que creen y esperan en él y lo aman a él, que es sin principio y sin fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable (cf. Rom 11,33), bendito, laudable, glorioso, ensalzado sobremanera (cf. Dan 3,52), sublime, excelso, suave, amable, deleitable y todo entero sobre todas las cosas deseable por los siglos” (Rnb XXIII, 11: FF72). Francisco experimenta la Trinidad como “Relación de Amor Inexpresable”, que nos ha sido revelada en el Misterio de la Encarnación. “Este Verbo del Padre, tan digno tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad” (2CtaF 4). Nosotros formamos parte de esta “Relación de Amor Inexpresable”. “¡Oh cuán glorioso es tener en el cielo un padre santo y grande! ¡Oh, cuán santo es tener un esposo consolador, hermoso y admirable! ¡Oh, cuán santo y cuán amado es tener un tal hermano e hijo agradable, humilde, pacífico, dulce y amable y más que todas las cosas deseable!” (1CtaF 54-56).

[9] J. Corriveau, En la imagen de su Divinidad, 2.1, 2.2, 2006.

[10] J. Corrveau, La fraternidad evangélica en un mundo que cambia, 2002. “Antes del Concilio Vaticano II a menudo se hablaba de la Iglesia como sociedad perfecta que conduce las almas a Dios (cfr. Por ejemplo, la Encíclica de Pío XI Mortalium Animos, del 6 de enero de 1928: “Cristo nuestro Señor ha instituido su Iglesia como sociedad perfecta… que debe llevar adelante… la obra de la salvación del género humano”). En el cuadro de esta visión teológica y de la mentalidad canónica del tiempo, la Orden capuchina era considerada como un instituto clerical dedicado a la salvación de las almas, porque era particularmente mediante los múltiples ministerios clericales como la Orden cumplía el mandato de la Iglesia”.

[11] La fraternidad evangélica en un mundo que cambia, 2002

[12] Cfr. PIETRO MARANESI, Il Sogno di Francesco. Rilettura storico-tematica della Regola dei Frati Minori alla ricerca della sua attualità, Assisi 2011.

[13] M. Jöhri, Identidad y pertenencia capuchina, nn. 1.2, 2014.

[14]La vida fraterna minorítica es nuestro modo específico de contribuir al anuncio del evangelio y a la misión: “La misma vida fraterna, fermento de comunión eclesial, es profecía de la definitiva unidad del pueblo de Dios y constituye un testimonio esencial para la misión apostólica de la Iglesia” (Const. 88,4).

[15] R. Genuin, ¡Agradezcamos al Señor! Carta a la Orden al comienzo del nuevo sexenio, 36, 2019

[16] “Y, con todo, es necesario recordar que difícilmente estas palabras bastarán para enseñarnos el modo efectivo de ser, en el sentido evangélico, hermanos, si no tenemos constantemente delante un modelo convincente y casi visible en el que inspirarnos; sin eso recaemos inevitablemente en el modo humano de hacer fraternidad. Y este modelo es Cristo que, “primogénito entre muchos hermanos, hace de todos los hombres una verdadera fraternidad” (T. Ricci (edi.), El patrimonio espiritual de las Constituciones de los Hermanos Menores Capuchinos, Curia General OFMCap, Roma 1991, 84-85.

[17] Cfr. AA.VV. Francisco de Asís y el primer siglo de la historia franciscana, Oñati 1999; Luigi Pellegrini, Frate Francesco e i suoi agiografi. Edizioni Porziuncola, Assissi 2004; P: Maranesi, La relazione tra Fratelli, in P. Maranesi-F. Accrocca (a cura di), La regola di frate Francesco. Eredità e sfida,Editrici Francescane, Padova 2012, 507-549; F- Accrocca, L’ identità complesa. Percorsi francescani fra Due e trecento, Centro Studi Antoniani, Padova 2014.

[18] El 18 de septiembre de 1996 el Santo Padre Juan Pablo II escribía así: “Los Capuchinos se glorían de una rica tradición de vida consagrada laical, que desde los orígenes ha sellado su existencia y su apostolado. Pienso en el numeroso ejército de “hermanos laicos” que aún hoy resplandecen como luminosos ejemplos de santidad y magníficos modelos del particular estilo franciscano, hecho de testimonio diario del Evangelio y del compartir la vida de la gente humilde y simple. Deseo ante todo recordar, a este propósito, a Félix de Cantalicio, que supo llevar a las calles de la Ciudad Eterna el fermento de la caridad evangélica, aproximándose con el mismo espíritu de simplicidad y de minoridad tanto a la gente común y a los pobres, como a los altos dignatarios civiles y eclesiásticos, que buscaban su compañía y recurrían de buena gana a su consejo iluminado. Qué decir después de los milagros de gracia obrados en el Pueblo de Dios por Serafín de Montegranario, Ignacio de Láconi, Francisco María de Camporrosso, Conrado de Parzham y de tantos otros hermanos que, en el oficio de la mendicación, en el servicio de la portería, o en el cuidado de la iglesia y del convento, supieron expresar el amor a Cristo adquirido en la intimidad de las largas horas pasadas en meditación y en oración. En la Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecata he delineado las características fundamentales de la espiritualidad de la vida consagrada laical y su actualidad para nuestro tiempo (cfr. nº 60). En el mismo Documento he recordado cómo dentro de la Iglesia están presentes los Institutos religiosos llamados “mixtos”, “que en el proyecto original del fundador se presentaban como fraternidades, en las que todos los miembros -sacerdotes y no sacerdotes- eran considerados iguales entre sí” (nº 61). Es conocido cómo Francisco de Asís, describiendo en el Testamento los comienzos de su experiencia espiritual y la de los primeros compañeros, subraya precisamente el aspecto de la fraternidad: “Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio” (Test 14, FF 116). Esa Orden religiosa constituye, pues, una fraternidad, compuesta de clérigos y laicos que comparten la misma vocación religiosa según el carisma franciscano y capuchino descrito en sus rasgos esenciales por la propia legislación aprobada por la Iglesia (cfr. Constituciones, nº 4)”.

Fr. John Corriveau, en 1997, en Fraternidad evangélica, retomando la respuesta del Santo Padre, subrayaba: “El Papa Juan Pablo II reconoce este importante desarrollo tenido por nuestra fraternidad internacional en su cata del 18 de septiembre de 1996. En ella hace una declaración excepcionalmente significativa sobre la naturaleza y la misión de nuestra Orden en la Iglesia: “Esta Orden religiosa constituye, pues, una fraternidad, compuesta por clérigos y laicos que comparten la misma vocación religiosa según el carisma franciscano y capuchino, descrito en sus rasgos esenciales por la propia legislación aprobada por la Iglesia”.

El contenido y la importancia de tal afirmación resalta especialmente cuando consideramos el contexto de la afirmación del Papa. Él mismo la coloca en el contexto de la Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata. La Exhortación Apostólica afirma que “la vida consagrada por su naturaleza no es ni laical ni clerical” (nº 60). Y define después tres tipos diferentes de institutos de vida consagrada: “los institutos laicales… tienen características y finalidades que no comportan el ejercicio del Orden sagrado” (nº 60); “los institutos clericales… prevén el ejercicio del Orden sagrado… el ministerio sagrado es parte integrante del carisma y determina su índole específica, el fin y el espíritu” (nº 60); “los institutos mixtos… se presentaban como fraternidades, en las que todos los miembros -sacerdotes y no sacerdotes- eran considerados iguales entre sí” (nº 61). La Exhortación indica claramente que la vida fraterna es común a todos los institutos de vida consagrada (cfr. nº 42; también Vida Fraterna en comunidad, nº 59 b). Lo que distingue a los institutos mixtos de los institutos clericales o laicales es el fin de la fraternidad. En los últimos dos tipos de institutos, la fraternidad tiene como fin primario el sostén material, humano y espiritual de los miembros en su ministerio. La finalidad fundamental de un instituto semejante reside, pues, en otra parte, por ejemplo, en el ministerio sagrado que confiere al instituto su “índole, fin, espíritu”. Un instituto mixto, en cambio, existe para el fin de la fraternidad que define la índole y el espíritu de su presencia y de su servicio en la Iglesia y en el mundo (…). El desafío de crear fraternidades evangélicas implica la reconsideración del ministerio como servicio ofrecido por nuestra fraternidad a la Iglesia y al mundo. Esto indica que los servicios que requieren la colaboración de varios miembros de la fraternidad deben tener la preferencia sobre aquellos que son expresiones individuales. La variedad de los dones de gracia y de naturaleza debería obrar a la vez para el bien común. Un excelente estudio histórico, presentado en Congreso sobre la vocación capuchina en sus expresiones laicales, sugiere que la clericalización de la Orden se inició cuando los dones de nuestros hermanos laicos se limitaron al servicio de la fraternidad como tal. Apartados del contacto ministerial con la gente, les fue prohibido también el acceder a la formación. El resultado fue la clericalización de nuestra Orden, un proceso por el que se ha caminado definiendo el propio fin siempre en términos de ministerios clericales. Tal fenómeno ha privado a nuestra acción evangélica de los carismas y los dones de una parte considerable y esencial de la fraternidad. Los signos de los tiempos sugieren que tal proceso debe ser cambiado; y esto no minusvalorando entre nosotros los ministerios clericales, sino alentando la expresión de todos los dones de nuestros hermanos laicos” (J. Corriveau, Fraternidad evangélica, 1997).

[19] El ministro general fr. Flavio Roberto Carraro había escrito en 1985 en la carta circular Hermanos por vocación: “San Francisco no ha fundado una Orden de clérigos, sino una fraternidad compuesta de clérigos y de no-clérigos con iguales derechos y deberes, iguales como hermanos, salvo lo que depende del Orden sagrado”. El ministro general fr. John Corriveau en 1995 en la Carta circular nº 6 decía: “¡Los hermanos son iguales, pero no idénticos! Los hermanos clérigos y los hermanos laicos tienen la misma vocación, pero sus diferentes modos de estar en la Iglesia y en la sociedad significan que tienen diferentes experiencias al vivir la misma vocación. Cada experiencia aporta su propia riqueza a nuestra común vocación. Basta pensar en la contribución que han dado a nuestra espiritualidad san Lorenzo de Brindis o el beato Diego José de Cádiz y la de san Félix de Cantalicio o san Conrado de Parzham”. El ministro general J. Corriveau, en la Carta circular nº 6, de 1995 escribía: “Tradicionalmente los sacerdotes capuchinos han sido predicadores y confesores, los hermanos laicos limosneros y porteros y comprometidos en los trabajos de la casa. La Orden aprecia profundamente los servicios de predicador y de confesor; y, con todo, la “imagen” del sacerdote capuchino se ha desarrollado bastante más allá de los roles tradicionales. Este desarrollo se ha debido no tanto a causa de una nueva “definición” del sacerdote capuchinos, cuanto, sobre todo, como respuesta a las necesidades de la Iglesia y de la sociedad. Nuestras Constituciones en vez de dar una definición de nuestro rol ministerial, delinean las relaciones existentes entre tal rol y nuestros valores esenciales, como la fraternidad, la pobreza, la minoridad etc. Y como la Orden continúa valorando la “imagen tradicional” de los hermanos sacerdotes aunque su papel está evolucionando, así también valora y continuará considerando un tesoro la “imagen tradicional” de nuestros hermanos laicos, aunque sus roles en la Iglesia y en la sociedad se están transformando. Somos conscientes de que las necesidades de la Iglesia y de la sociedad empujan hacia tal evolución en el rol de nuestros hermanos laicos como portadores del amor evangélico en el mundo. Todo esto exige también que la Orden anime a los hermanos laicos a continuar desarrollando su presencia y sus roles en la sociedad y en la Iglesia más allá de los roles asignados tradicionalmente. Tal desarrollo está ya en curso. Con todo se requiere diálogo y reflexión. Como normalmente en las Provincias hay solo un pequeño número de hermanos laicos, ha sido para ellos muy difícil repensar de modo profundo la transformación de su rol en la Iglesia y en la sociedad. (…) Nuestra Orden, que tiene como carisma fundacional la fraternidad y, por ello la igualdad y la unidad de los hermanos clérigos y de los hermanos laicos, tiene una responsabilidad especial para ofrecer a la Iglesia modelos concretos de tales roles”.

Escribía el ministro general M. Jöhri: “desde hace años estamos pidiendo e insistiendo ante la Santa Sede para que nos sea concedida la gracia de vivir cuanto San Francisco ha previsto en la Regla, esto es, que todos los miembros de nuestra Orden puedan ser elegidos o nombrados para todos los servicios y oficios previstos por nuestras Constituciones”. Se lee efectivamente en el capítulo VII de la Regla Bulada: “Y los ministros mismos, si son presbíteros, con misericordia impónganles penitencia; y si no son presbíteros, hagan que se les imponga por otros sacerdotes de la orden, como mejor les parezca que conviene según Dios” (RB VII, 2, FF 94). El tema de la identidad fraterna minorítica es la herencia preciosa de san Francisco: “Quien elige nuestra vida, elige en primer lugar, hacerse hermano menor. Esta es la elección fundamental y que está por encima de cualquier especificación subsiguiente. En la Orden fundada por san Francisco no existen categorías, hay hermanos y solo hermanos. Consecuentemente la vida fraterna y la capacidad de relacionarse con todos sin distinción deben tener el primado en nuestro caminar cotidiano. Mis predecesores han escrito páginas intensas sobre este tema y los CPO (Cfr. I, 20-22; II, 22; IV, 14.22; VII, 7) en más de una ocasión han traído convenientemente a la luz el mismo aspecto” (M. Jöhri, ¡Reavivemos la llama de nuestro carisma!, nº 15. En 2015, decía de nuevo lo mismo, el ministro general M. Jöhri escribía: “Quiero también reafirmar todo aquello en lo que han insistido sobre este argumento mis dos predecesores, Fr. Flavio Roberto Carraro (1982-1994) y Fr. John Corriveau (1994-2006), que no perdieron ninguna ocasión para presentar nuestra petición ante las autoridades competentes. Lo mismo hay que decir también de los Capítulos generales precedentes. Compartimos esta preocupación con las otras ramas de la familia franciscana (OFM, OFM CONV, TOR); nos hemos dirigido juntos al Santo Padre para pedir la gracia arriba mencionada. También las Órdenes monásticas se están moviendo en la misma dirección. He tenido ocasión de hablar de ello, tanto con el Papa Benedicto XVI como con el Papa Francisco; he presentado nuestra solicitud a los responsables de la Congregación para la Vida Consagrada y la cuestión ha sido tratada en distintas ocasiones durante las asambleas de la Unión de Superiores Mayores” (M. Jöhri, El don irrenunciable de los hermanos laicos ara nuestra Orden, nº 5, 2015)

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[20] R. Genuin, ¡Agradezcamos al Señor! Carta a la Orden al comienzo del nuevo sexenio, nn. 39-40, 2019.

[21] Juan Pablo II, Novo Millenio Ineunte, 43.

[22] Papa Francisco, Homilía del 2 de febrero de 2016.

[23] Juan Pablo II, Vita Consecrata, 92.

[24] El Papa Francisco en el Encuentro con los participantes en el jubileo de la Vida Consagrada, el 1 de febrero de 2016, hablaba así: “Yo sé que en vuestras comunidades jamás se murmura, jamás, jamás… Escuchad bien: no al chismorreo, al terrorismo de los chismorreos, porque quien habla mal es un terrorista. Es un terrorista dentro de la propia comunidad, porque lanza como una bomba la palabra contra este, contra aquel, y luego se va tranquilo. ¡Destruye! Quien hace esto destruye como una bomba y él se aleja. Esto, el apóstol Santiago decía que era la virtud quizás más difícil, la virtud humana y espiritual más difícil de tener, aquella de dominar la lengua. Si te entran ganas de decir algo contra un hermano o una hermana, lanzar una bomba de chismorreos, ¡muérdete la lengua! ¡Fuerte! Terrorismo en las comunidades, ¡no! «Pero, Padre, si hay algo, un defecto, algo que corregir” — Tú se lo dices a la persona: tú tienes esta actitud que me fastidia o que no está bien. O si no es conveniente —porque a veces no es prudente— tú se lo dices a la persona que lo puede remediar, que puede resolver el problema y a ningún otro. ¿Entendido? Los chismorreos no sirven. «Pero, ¿en el capítulo?». ¡Ahí sí! En público todo lo que sientes que debes decir, porque existe la tentación de no decir las cosas en el capítulo y luego afuera: «¿Has visto a la superiora? ¿Has visto a la abadesa? ¿Has visto al superior?...». Pero, ¿por qué no lo has dicho, ahí, en el capítulo?... ¿Es claro esto? ¡Son virtudes de proximidad! Y los santos tenían esto, y los Santos consagrados tenían esto”.

[25] R. Genuin, ¡Agradezcamos a Dios! Carta a la Orden al comienzo del nuevo sexenio, nn. 37-38,2019.

[26] Sobre las dinámicas del capítulo local véase: G. Salonia, Kairos. EDB, Bologna 1994; V. Veith, Il Capítulo locale, EDB, Bologna 1993. En ambos textos hay una bibliografía para posteriores profundizaciones.

[27] Cfr. Salonia G. Odos. La via della vita. Genesi e guarigione del legami fraterni. EDB, Bologna 2007.

[28] J. Corriveay, Fraternidad evangélica, 1997.

[29] C. Salonia, Sulla felicità e dintorni. Tra corpo, parola e tempo, Il pozo di Giacobbe, 2011.

[30] Papa Francisco, Homilía del 2 de febrero de 2014.

[31] Papa Francisco, Homilía del 2 de febrero de 2015.

[32] G. Salonia, Odos. La via della vita. Genesi e guarigione dei legame fraterni, 165

[33] Juan Pablo II, Vita COnsecrata, 109.

[34] Papa Francsico, Evangelium Gaudium, 92.

[35] Escribiendo a las Damas Pobres dice así: “Las que se hallan afligidas por la enfermedad y las otras que os esforzáis por atenderlas, todas por igual soportadlo todo en paz”(ExhCl 5, FF263/1).

[36] Más sobria aparece en la RB la atención a los enfermos: “Y si alguno de los hermanos cae enfermo, los otros hermanos le deben servir como quisieran ellos ser servidos” (RB VI, 9, FF 92).

[37] Cfr. también: “En tiempo de manifiesta necesidad no están obligados los hermanos al ayuno corporal” (RB III,9, FF 84).

[38] También en la RB IV,1-2, FF 87 aparece el mismo concepto: “Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero o pecunia por sí o por interpuesta persona. Sin embargo, para las necesidades de los enfermos y para vestir a los otros hermanos, los ministros solamente y los custodios, por medio de amigos espirituales, tengan solícito cuidado, según los lugares y tiempos y frías regiones, como vean que conviene a la necesidad”.

[39] “Dichoso el que soporta a su prójimo en su fragilidad como querría que se le soportara a él si estuviese en caso semejante” (Adm XVIII,1; FF 167).

[40] En la Paráfrasis del Padre nuestro, la comunión con los hombres se transforma en el sufrir “con ellos” por los males que les afligen ((ParPN 5, FF 270). Para una lectura teológico-espiritual de la Regla Bulada, cfr. T. Matura, Lettura spirituale della Regula Bullata Fratrum Minorum, en Italia Francescana 84 (2009) I, 67-87.

[41] Cfr. M. Scala, La misericordia nell’ esperienza cristiana di Francesco d’ Assisi secondo gli Scritti, in Italia Francescana 91 (2016) 3, 439-448.

[42] Cfr. D. Dozzi, La Regola di San Francesco tra Vangelo e vita, in Italia Francescana 84 (2009) 1, 49-66.

[43] Papa Francisco, Encuentro del Santo Padre Francisco con los participantes en el Jubileo de la Vida Consagrada, 1 de febrero de 2016.

[44] Papa Francisco, Mensaje del Santo Padre Francisco para la XLVIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales, 24 de enero de 2014.

[45] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Vida Fraterna en comunidad “Congregavit nos in unm amor” (2 de febrero de 2994), 34: “El considerable influjo que los medios de comunicación social ejercen sobre la vida y la mentalidad de nuestros contemporáneos, afecta también a las comunidades religiosas y no pocas veces condiciona la comunicación dentro de la mismas. Así, pues, la comunidad, consciente de su influjo, se educa para utilizarlos en orden al crecimiento personal y comunitario con la claridad evangélica y la libertad interior de quien ha aprendido a conocer a Cristo (cf Gal 4,17-23). Esos medios, en efecto, proponen, y con frecuencia imponen, una mentalidad y un modelo de vida que debe ser confrontado continuamente con el Evangelio. A este propósito desde muchos lugares se pide una profunda formación a la recepción y al uso crítico y fecundo de esos medios. ¿Por qué no hacer de este tema objeto de valoración, de comprobación y de programación en los encuentros comunitarios periódicos? (…) Se impone un justo equilibrio: el uso moderado y prudente de los medios de comunicación, acompañado por el discernimiento comunitario, puede ayudar a la comunidad a conocer mejor la complejidad del mundo de la cultura, puede permitir una recepción confrontada y crítica, y ayudar, finalmente, a valorar su impacto en vista de los diversos ministerios al servicio del Evangelio”.

[46] Cfr. J. Corriveau, La fraternidad evangélica en un mundo que cambia. Identidad, Misión, Animación 2002. En un pasaje dice así: “El bautismo -y su particular actuación en los vínculos de la fraternidad franciscana- modela una solidaridad, una unidad y una mutua dependencia que son más fuertes y eficaces que cualquier vínculo étnico. ¡El agua es más fuerte que la sangre! Esto exige una profunda conversión. La conversión que brota del bautismo y la conversión a la fraternidad franciscana deben ser manifestadas en decisiones de actuar de modo diferente y de dar expresión concreta a la visión de la Regla: Si la madre nutre y quiere a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual? (RB VI, 8).

[47] En Fátima, de 1 al 5 de diciembre de 2014, el Consejo General, los Ministros provinciales, Custodios y Delegados de Europa junto con los Presidentes de las Conferencias de nuestra Orden se encontraron para “hablar de Europa”. Después de esta asamblea, el entonces Ministro general Fr. Mauro Jöhri envió la carta Fraternidades para Europa. Reflexiones e indicaciones después del encuentro de Fátima, compartiendo algunas impresiones. A ella se adjuntó la propuesta y cómo se intenta proseguir el camino. “La colaboración del personal, puesta en práctica en algunas Provincias Europeas, no ha resuelto los problemas existentes y no ha estado en condiciones de generar nueva vida. Queremos intentar un nuevo camino, constituyendo fraternidades interculturales, que, a la luz del evangelio y de nuestras Constituciones, vivan la oración, la vida fraterna y la misión de modo auténtico y coherente. El recurso de la interculturalidad será el testimonio de que los hermanos provenientes de diversas culturas, si miran a Cristo presente entre ellos, pueden vivir, entregarse y trabajar unidos. Nos sostiene la certeza de que el carisma de Francisco de Asís, vivido y testimoniado, tiene todavía tanto que decir y comunicar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo. No sabemos todavía cuál será el éxito de este camino; pero, con la esperanza en el corazón, queremos comenzar a dar los primeros pasos”.

[48] R. Genuin, ¡Agradezcamos al Señor! Carta a la Orden al comienzo del nuevo sexenio, nn. 33.34. Así dice también en la misma carta: Vistos los resultados positivos y el estímulo del Capítulo, el Consejo General quiere estudiar la posibilidad de iniciar también en América alguna fraternidad intercultural como las del proyecto “Fraternidades para Europa”. Creemos que puede ser un instrumento válido para dar savia nueva a otras Circunscripciones fuera de los límites territoriales del viejo continente. Quizás, para superar la designación geográfica y tomando como referencia este año jubilar dedicado a San Lorenzo de Brindis -hombre que sabía conjugar admirablemente la prolongada oración, con la preparación cultural y un compromiso incansable para implantar con eficacia y hacer progresar vigorosamente la Orden, se ha pensado denominar al proyecto, ya no "Fraternidades para Europa" sino proyecto "Fraternidad San Lorenzo de Brindis" (nº 51).

[49] M. Jöhri, Fraternidades para Europa. Reflexiones e indicaciones después del encuentro de Fátima, 2015.

[50] R. Genuin, ¡Agradezcamos al Señor! Carta a la Orden al comienzo del nuevo sexenio, nº 30, 2019.

[51] Papa Pablo VI, el 25 de junio de 1978, con la carta apostólica Seraphicus Patriarcha, ha aprobado la Regla renovada de la Orden Franciscana Seglar.

[52] La Conferencia de los ministros generales de la Primera Orden franciscana y de la Tercera Orden recular escribieron a todos los hermanos y hermanos y hermanas de la OFS y de la JUFRA con ocasión del 40º aniversario de la promulgación de la Regla OFS, 23 de diciembre de 2018..

[53] Fr. John Corriveau escribió en 2006: “El testimonio de las Clarisas es de gran importancia para los hermanos de la Primera Orden. En el VI y VII CPO hemos descubierto que nuestra pobreza y minoridad edifican la comunión de la Iglesia y del mundo. Los escritos de la hermana Clara ofrecen a los hermanos una llamada de atención: “Observa, considera, contempla, con deseos de imitarlo”. Cuando el “imitar” queda separado de “observa, considera, contempla” se cae en el solo activismo social. El VI CPO (Prop. 17) habla de este tipo de activismo. Activismo es más que una dedicación excesiva al trabajo, el activismo nos empuja a vivir de manera superficial y frenética que nos vuelve incapaces para reflexionar e igualmente incapaces para experimentar la profundidad de nuestra propia humanidad. El VI y VII CPO perderán su fuerza para renovar las relaciones y para construir la Iglesia misma si no estuvieran bien radicados a través de su “contemplación”. El compromiso de las Hermanas Clarisas queda como un reto constante para los hermanos, indicando que no es posible imitar sin observar, considerar y contemplar. Citando una vez más al papa Benedicto XVI, también de Clara podemos afirmar: “Quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 42). La vitalidad espiritual de Santa Clara se extiende más allá de la clausura de San Damián hasta llegar a Praga y a la vida de Inés y de las hermanas, pero alcanza también a los pobres fuera de la puerta de san Damián, compromete a los pobres de la Umbría en la misma vida del monasterio. Su presencia encerrada dentro del espacio de Dios la ha rodeado de hombres y mujeres que han reconocido que su oración tenía un único poder, el del Amor, el único poder capaz de crear Vida” (J. Corriveau. En la imagen de su divinidad, 5.5). También Fr. M. Jöhri quiso subrayar la unión con las hermanas Clarisas dirigiéndoles una carta en la que se manifiesta el recorrido que nosotros los capuchinos hemos realizado: “1.2. La relación entre Francisco y Clara es fundamentalmente de comunión, en la conciencia de expresar dos rostros del mismo carisma. Esta relación original configura la relación entre nuestras Órdenes. La promesa del fundador de cuidarlas y tenerles fraterna solicitud, también por medio de sus hermanos, es hoy la motivación para nuestra cercanía. No es importante la asociación jurídica, ni siquiera el cuidado pastoral o el servicio sacerdotal de los capellanes y de los confesores. Lo que más importa entre nosotros es la relación de fraternidad. Nuestra reforma capuchina tuvo el fuerte deseo de volver a la intención primordial de san Francisco y, en los primeros momentos, no quería tomar el cuidado de los monasterios de monjas, en cuanto era considerado un trabajo estable, fijo y delicado, contario a la pobreza y a la itinerancia. Así, las primeras Constituciones de nuestra Reforma lo prohibieron de modo absoluto (cf. Constituciones Capuchinas del 1536, cap. XI). La venerable Lorenza Longo hizo un verdadero “milagro” logrando que en 1538 el Papa reconociese al monasterio de Nápoles, ya aprobado en 1535, el estar bajo la primera Regla de Santa Clara y agregado a los Capuchinos (cf. Papa Pablo III, Motu proprio “Cum Monasterium”, 10 de diciembre de 1538). La inspiración y la pasión de Madre Lorenza permitió a la reforma capuchina recuperar el original modo de expresar los dos rostros del mismo carisma” (M. Jöhri, Dos rostros del mismo carisma, nn. 1.2-1.3, Carta a las Clarisas Capuchinas, 25 de marzo de 2017).

[54] J. Corriveau, Fraternidad evangélica, 1997.

[55] J. Corriveau, El coraje de ser menores, 1994.

[56] Así lo cuenta Celano: “Desde entonces comenzó a predicar a todos la penitencia con gran fervor de espíritu y gozo de su alma, edificando a los oyentes con palabra sencilla y corazón generoso. Su palabra era como fuego devorador, penetrante hasta lo más hondo del alma, y suscitaba la admiración en todos. Parecía totalmente otro de lo que había sido, y, contemplando el cielo, no se dignaba mirar a la tierra. Y cosa admirable en verdad: comenzó a predicar allí donde, siendo niño, aprendió a leer y donde primeramente fue enterrado con todo honor (42). De este modo, los venturosos comienzos quedaron avalados por un final, sin comparación, más venturoso. Donde aprendió, allí enseñó, y donde comenzó, allí felizmente terminó. En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la paz, diciéndoles: «El Señor os dé la paz». Anunciaba devotísimamente y siempre esta paz a hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de Dios abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la salvación eterna” (1Cel X, 23; FF 359). Cfr. también fr. M. Jöhri, Anunciar la misericordia, 2015. Además, la homilía que nos dirigió el papa Francisco -escribe fr. M. Jöhri en la carta Sed hombres de perdón del 11 de febrero de 2016, recordando el encuentro con el Santo Padre del 9 de febrero de 2016- ha puesto en evidencia la gracia del perdón sacramental: “Vuestra tradición de capuchinos es una tradición de perdón, de conceder el perdón. Entre vosotros existen tantos buenos confesores”. El Papa nos ha recordado que el que es capaz de perdonar es consciente de ser un pecador y pide siempre el perdón para sí mismo. El Papa siguió diciendo: “Vosotros capuchinos tenéis este don especial del Señor: perdonar. Y os pido: no os canséis de perdonar”. A continuación, ha resonado fuerte el llamamiento: “¡Sed hombres de perdón, de reconciliación, de paz!”. ha puesto en evidencia la gracia del perdón sacramental: “Vuestra tradición de capuchinos es una tradición de perdón, de conceder el perdón. Entre vosotros existen tantos buenos confesores”. El Papa nos ha recordado que el que es capaz de perdonar es consciente de ser un pecador y pide siempre el perdón para sí mismo. El Papa siguió diciendo: “Vosotros capuchinos tenéis este don especial del Señor: perdonar. Y os pido: no os canséis de perdonar”. A continuación ha resonado fuerte el llamamiento: “¡Sed hombres de perdón, de reconciliación, de paz!”.

[57] TC XIV, 58: “Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo”.

[58] John Corriveau, Compasión. Para una aproximación franciscana al tema de la Justicia, Paz y Ecología, 1997. Unido al tema de la paz está el episodio del lobo de Gubbio (Flor XXI). Comentándolo escribe el ministro J. Corriveau: “Con gran simplicidad las Florecillas anuncian la liberación de Gubbio: “Puesta toda su confianza en Dios”, Francisco, “haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros”. La confianza en Dios de Francisco está basada en la Cruz y en la fraternidad; estos deben ser los instrumentos de la liberación. Es con el poder de la cruz como el hermano Francisco va al encuentro del lobo, que resume en sí todos los miedos de Gubbio. Mucho tiempo antes de ir armado de la cruz para enfrentarse al lobo de Gubbio, Francisco ya había alzado la misma cruz por encima de la cabeza de sus hermanos en la Porciúncula. La Sagrada Escritura describe la era mesiánica como una era de excepcional paz. Francisco se prepara para crear esa “Nueva Jerusalén” en Santa María de los Ángeles. Exhortó a sus hermanos a una oración intensa, a una comunión en fraternidad y a llevar las cargas los unos de los otros. Podemos revelar cómo el respeto recíproco, especialmente al hablar, estaba muy presente en su vida. ¡A un hermano culpable de murmuración le impuso pedir perdón de su falta y de recitar las alabanzas a Dios en voz alta, de modo que todos pudieran oírlo! (EP 82). Este esfuerzo por edificar la paz evangélica significó que Francisco mismo debería abrazar la Cruz. ¿Tal esfuerzo no podría ayudar a explicar su discurso sobre la “Perfecta alegría”? ¡El precio merecía la pena! Francisco estuvo así en grado de poseer la fuerza de la unidad fraterna y de la paz evangélica, cuando, “con sus compañeros”, se encontró con el lobo de Gubbio. La Cruz y la Fraternidad deciden el resultado: “¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo que no hagas daño ni a mí ni a nadie”. Francisco puede manifestar al lobo la verdad con amor, diciéndole que su gran odio y su violencia “destruyen las criaturas de Dios” y “matas a los hombres hechos a imagen de Dios”. Francisco no busca minimizar los delitos del lobo contra la gente de la ciudad. Francisco puede manifestar a los habitantes de Gubbio la verdad con amor. Les pide que reflexionen sobre cómo el clima social de Gubbio ha contribuido a la violenta reacción del lobo: “Dios permite tales calamidades por causa de los pecados”. (…). ¿La Cruz de Cristo y la auténtica fraternidad no podrían dar a un Capuchino la compasión, el coraje y la coherencia de pronunciar tales palabras? No podremos jamás quitar el odio y la violencia que nos rodea, si no comenzamos en el interior de nuestras fraternidades locales y provinciales. Demasiado a menudo permitimos al “lobo” vivir en medio de nosotros: agresiones pasivas, denuncias violentas, abuso de alcohol y drogas, racismo, abusos sexuales y desprecios sarcásticos. Nuestros mismos hermanos no pueden ser sanados ni pueden aprender nuevos modos de afrontar la vida si nuestras fraternidades no constituyen para ellos un puerto honesto y seguro: pobreza, alienación, discriminación, daños psíquicos y físicos… las causas son infinitas. Tales estudios nos ayudan a comprender y hacer nacer en nosotros la compasión Con todo, sola la cruz de Cristo y la auténtica fraternidad pueden darnos el coraje y la fuerza de alcanzar y llegar a las raíces de sufrimiento (…. El primer santo de la reforma capuchina, fr. Félix de Cantalicio, fue un hermano que ciertamente hizo esto caminando por las calles de Roma, hablando de paz con la simple y alegre acogida de toda persona. Pueda su vida constituir la inspiración para nuestros esfuerzos a fin de que la paz triunfe en la tierra” (J. Corriveau, ¡Que la paz triunfe sobre la tierra!, 1995).

[59] Cfr. M. Jöhri, En el corazón de la Orden la misión, 2009: “En este sentido la acción misionera de la Orden no debe ser medida en primer lugar según el criterio de una difusión cuantitativa sino más bien como un hacer presente el carisma de san Francisco en culturas que todavía no le conocen. La nuestra busca ser una presencia que quiere incidir sobre la realidad que la rodea para enriquecerla. Al hacer esto no dejará de servir como apoyo para la comunidad cristiana. Para estar presente de este modo hace falta, sobre todo, aclarar la propia vocación de hermanos menores; esto debe anteceder tanto la preparación intelectual como el deseo de “ir” a la misión”.

[60] J. Corriveau, Os mando al mundo entero…, 1996.

[61] Cfr. M. Jöhri, Identidad y pertenencia de los Hermanos Menores Capuchinos,2014.

[62] Juan Pablo II, Mensaje a los Capuchinos italianos con ocasión del Capítulo de las Esteras, 22 de octubre de 2003.

[63] Papa Francisco, Mensaje del Santo Padre Francisco para la XLVIII Jornada mundial de los medios de comunicación social, 24 de enero de 2014.

[64] Papa Francisco, Laudato SI’. Sobre el cuidado de la casa común, Ciudad del Vaticano 2015, nº 228.

[65] J. Corriveau, Compasión: para un acercamiento franciscano al tema de justicia, paz y ecología, 1997: “El sentimiento de fraternidad hace dirigirse a Francisco al mundo. Una fraternidad extendida a toda la creación. Estuvo ligado a lo que se podría llamar la “fraternidad cósmica”. Celano describe cómo Francisco miraba a las más humildes realidades: la luz, el agua, el fuego, el viento, la tierra, las plantas, los animales, las flores…, con estupor. Era capaz de ver las realidades escondidas en la naturaleza. Nos e contentaba con alabar a Dios por sus criaturas. Fraternizaba con ellas, hablando a las criaturas de Dios “con gran alegría, íntima y exterior, como a seres dotados de sentimiento, inteligencia y palabra hacia Dios” (LP 49, FF 1598). Todas las criaturas forman una única familia ante Dios. Esta fue la fresca y nueva intuición de Francisco”.

[66] Papa Francisco, Mensaje al segundo fórum de la Comunidad Laudato si, 6 de junio de 2019. También se lee en el mismo mensaje: “En esta perspectiva pragmática, deseo entregaros tres palabras. La primera palabra es doxología Ante el bien de la creación y especialmente ante el bien del hombre que es la cima pero también el custodio de la creación, es necesario asumir la actitud de alabanza. Ante tanta belleza, con admiración renovada, con ojos infantiles, debemos ser capaces de apreciar la belleza que nos rodea y de la cual está entretejido también el hombre. La alabanza es fruto de la contemplación, la contemplación y la alabanza llevan al respeto, el respeto se convierte casi en veneración frente a los bienes de la creación y de su Creador. La segunda palabra es eucaristía La actitud eucarística ante el mundo y sus habitantes sabe cómo captar el estatuto de don que cada ser viviente porta consigo. Todo se nos da de forma gratuita, no para ser depredado y fagocitado, sino para que se convierta a su vez en don para compartir, don que entregar para que la alegría sea para todos y sea, por ello, más grande. La tercera palabra es ascesis. Toda forma de respeto surge de una actitud ascética, es decir, de la capacidad de saber renunciar a algo por un bien mayor, por el bien de los demás. La ascesis nos ayuda a convertir la actitud depredadora, siempre al acecho, para asumir la forma del compartir, de una relación ecológica, respetuosa y educada”.

[67] R. Genuin, ¡Agradezcamos a Dios! Carta a la Orden al comienzo del nuevo sexenio, nº 11, 2019.

Modificado por última vez el Viernes, 12 Junio 2020 10:47