Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum

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Carta del Ministro General

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Carta
del Ministro General
de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos

San Ignacio de Santhià
(1686-1770)

 

A doscientos cincuenta años después de la muerte de San Ignacio de Santhià

Prot. N. 00629/20

A los Hermanos Capuchinos de la Provincia de Piemonte,
a todos los Hermanos de la Orden

Queridos hermanos,

El 22 de septiembre de 1770, cerca de la medianoche, en la enfermería de los hermanos capuchinos del Monte de Turín, moría el hermano Ignacio de Santhià, (Lorenzo Mauricio Belvisotti), Cuando el hermano Guardián, recitaba la oración litúrgica, dijo: "parte alma cristiana de este mundo..", el hermano Ignacio obedeció y respiró por última vez. Dejó una profunda memoria de un hombre, un cristiano y un hermano que había abandonado evangélicamente todo para poder vivir en obediencia a la voluntad de Dios y para lleva a los hombres al Señor. Han pasado 250 años desde esa santa muerte, pero el recuerdo de S. Ignacio sigue muy vivo, obviamente entre los hermanos del Piemonte, pero no solo entre ellos.

Convencido de que nos hace bien, que hace bien a todos, retomar, de vez en cuando, los pasos de nuestros hermanos santos que nos precedieron, aprovechemos la oportunidad de este centenario, para obtener estímulo y luz para nuestro caminar. Ayudémonos a hacer memoria activa, según la invitación de nuestras Constituciones “cuidemos y desarrollemos amorosamente el patrimonio espiritual de nuestra Fraternidad, especialmente cuanto se refiere a aquellos hermanos nuestros que se han distinguido por su santidad de vida, trabajos apostólicos y ciencia” (Const. 6,1-2).

Comencemos entonces recordando brevemente los pasos terrenales de S. Ignacio.

1.    Breve perfil biográfico

Lorenzo Mauricio nació en Santhià, provincia de Vercelli, el 5 de junio de 1686, el cuarto de una familia de seis hijos. Huérfano de padre a la edad de siete años, fue confiado por su madre a un sacerdote que se encargó de su educación, Pudiendo así, adquirir una buena formación literaria y una verdadera piedad, que le llevó a madurar su respuesta al Señor y a pedir ser admitido en el seminario.

Tras completar sus estudios teológicos, en 1710 fue ordenado sacerdote y, poco después, fue solicitado por la aristocrática familia Avogadro de Vercelli, como tutor de sus hijos. Pronto fue estimado y querido por toda la ciudad, se le asignó como canónigo de Santhià y elegido párroco de la iglesia parroquial de Casanova Elso. Pero esto todavía no respondía suficientemente a su deseo cada vez más vivo en su corazón: “no hacer nada más que la voluntad de Dios”.

Así, a principios de mayo de 1716, el Ministro provincial de los Capuchinos de Turín se encontraba con padre Lorenzo, ahora de treinta años, que pedía ser admitido en la Orden. La Provincia de Turín tenía entonces un buen número de hermanos y ciertamente no había escasez de vocaciones. Por lo tanto, el Ministro provincial quiso ilustrarle ampliamente del estilo de vida austera de los hermanos, proyectando las dificultades que iba a encontrar en la vida fraterna en común, después de haber vivido hasta entonces de forma independiente. Tal vez pensó disuadirlo, y sólo al final le preguntó la razón de su pedido de abrazar la vida capuchina.

Al contrario, la respuesta de padre Lorenzo fue lapidaria y muy rápida, señal de que ya lo había pensado bien y de que no era ni el capricho de un momento, ni el deseo de escapar de la responsabilidad, refugiándose en un convento. Arrodillándose, respondió al Ministro provincial: "Hasta ahora he hecho mi voluntad, pero para servir verdaderamente al Señor debo hacer su voluntad y para ello es necesario que entre en la obediencia".

A partir de entonces, la obediencia será su emblema, iniciando del 24 de mayo de 1716 cuando, en el convento de Chiari, comienza su año de noviciado y recibe su nuevo nombre: Ignacio de Santhià. Un nombre que hace referencia al fuego -del latín ignis- y que sólo puede ser, como canta un Francesco, "bello y terroso y robusto y fuerte", y al mismo tiempo capaz de iluminar la noche. La obediencia y la humildad se convertirá en el humus de la que se irradiarán con vigor el fuego y la luz del ahora hermano capuchino Ignacio, que lo harán resplandecer a través del gran amor por el Señor y la total adhesión a su voluntad.

Al final del noviciado, fr. Ignacio es enviado a Saluzzo, como custodio y responsable de la iglesia. Posteriormente va en el noviciado de Chieri, enviado allí para ser un ejemplo para los novicios, luego a Turín-Monte y poco después nuevamente a Chieri. En 1727 fue llamado nuevamente a Turín-Monte como prefecto de sacristía y confesor, pero en septiembre de 1731 fue trasladado a Mondovì, como maestro de novicios. Aquí pasó 14 años, formando no menos de 120 hermanos con su pedagogía simple, clara y eficaz: amar y servir como el Señor Jesús ama y sirve.

En 1744, fr. Ignacio volvió al convento de Turín-Monte para curarse de una extraña enfermedad que lo había afectado de repente. Extraña y desconocida para los demás hermanos, pero no para él: el misionero fr. Bernardino de Vezzo, su novicio, le había escrito desde el Congo sobre cómo estaba perdiendo la vista; fr. Ignacio luego le pidió al Señor que lo sanara, ofreciéndose en su lugar el mismo para llevar la enfermedad.

Su salud precaria no detuvo a su compromiso de obedecer, tanto es así que, poco después de su llegada a Turín-Monte, incluso con la creciente enfermedad, aceptó ser incluido en el grupo de capellanes militares solicitado por el rey Carlo Emanuel III para el servicio de asistencia a los heridos o infectados. Así pasó dos años entre Asti, Vinovo y Alessandria.

En la primavera de 1746 pudo regresar a Turín-Monte, reanudando el ministerio de confesor, predicador de ejercicios, director espiritual, pasando días enteros escuchando y apoyando a los pecadores y a los pobres. Tras 22 años de fructífero ministerio, fue internado en la enfermería del convento, donde pasó los dos últimos años, en humilde sumisión a los designios de Dios y al guardián del convento. Por eso esperaba de él que pronunciara las palabras de la Iglesia para que los moribundos "parte alma cristiana..." para dejar este mundo.

De él san Pablo VI podrá decir el día de su beatificación: «La Iglesia lo saluda hoy como un religioso admirable en todos los aspectos de su vida franciscana. Cada momento de su vida franciscana y cada manifestación de su actividad apostólica demuestran esta versatilidad para cada virtud interna y externa, que puede ser ejemplar para todos” (San Pablo VI, Homilía de la beatificación, 17 de abril de 1966).

Podemos aplicar a nuestro hermano las palabras que el Seráfico Padre San Francisco colocó al final del Cántico de las criaturas "Alabad y bendice a mi Señor, agradéceles y servidle con grande humildad", porque la vida en la obediencia y humildad de San Ignacio da Santhià fue una continua acción de gracias al Señor y servicio fiel a los hermanos.
 
2.    San Ignacio de Santhià para nosotros hoy
 
Pocos y simples rasgos de la vida de san Ignacio bastan para comprender dónde reside la grandeza de nuestro hermano: la búsqueda constante de obedecer a Dios antes que a sí mismo, sometiendo su voluntad al superior legítimo y a la fraternidad, dispuesto a realizar cualquier oficio o tarea que se le encomiende, pidiendo luz en todo con oración prolongada y comprometiéndose con humilde prontitud. ¡Cuánto valor seguro tiene para nosotros hoy este testimonio! Si queremos comprenderlo, puede infundirnos más vigor, más autenticidad y alegría franciscana al dar testimonio de nuestro carisma en la Iglesia y en la sociedad.

Así, Ignacio nos recuerda que hacer la voluntad de Dios en obediencia al ministro y al guardian – que la misma caridad de Dios nos da como guías y pastores - es una fuente de enriquecimiento personal y de verdadera libertad. Y es exactamente lo que dicen las Constituciones cuando, tras recordar la obediencia de Jesús al Padre, afirman que "la obediencia es la conquista paulatina de la verdadera libertad" (Cost. 158,1); y añadiendo que la obediencia es la forma más fecunda de expresar "la perfección de vivir sin nada propio y, al mismo tiempo, es el fundamento de la comunión con Dios, con la Iglesia, con los hermanos, con los hombres y con todas las criaturas" (Const. 148,4).

Quizás algunas cargas que nos pesan y que a veces hacen insoportable la vida de consagración en fraternidad, para uno mismo y para los demás, serían más fáciles de afrontar, si nuestra adhesión fuera verdaderamente cordial, y no solo exterior, y con una disponibilidad interior, pronta y eficaz en la práctica.

San Ignacio caracterizará su forma de vivir como hermano con la oración asidua y el generoso trabajo doméstico y apostólico. Son elementos esenciales que traducen el santo Evangelio en vida y manifiestan cómo se realiza el seguimiento de Cristo según el estilo de San Francisco de Asís. La oración y el trabajo aseguran la permanencia en la verdadera obediencia, no sujeta a la buena voluntad de cada uno ni a las circunstancias favorables del momento, sino bien radicada en la bondad divina.

La oración y el trabajo, realizados en fraternidad, al mismo tiempo exigen y generan gratuidad. Y obedecer no porque se espera una promoción, una retribución inmediata, sino simplemente porque inserta en la fundamental obediencia: la de Jesucristo, que "asumiendo la forma humana, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y la muerte de cruz” (Fil 2, 6-8). Y ¿dónde se aprende el estilo obediente de Jesús y se encuentra la fuerza para seguir sus pasos con humilde gratuidad? El "lugar" es ante todo la oración: litúrgica, de alabanza, de acción de gracias, de adoración. Estos son los tiempos que la Iglesia indica y regala, y a los que nos hemos comprometido libremente con nuestra profesión, porque, al finalizar nuestra jornada, recordamos que nuestra acción está custodiada por y en la gracia de Dios que obra con nosotros.

Sin la oración se perjudica toda nuestra labor cotidiana: por un lado, nos parecerá inútil comprometerse de todo corazón, por qué no veremos resultados inmediatos y proporcionales a nuestros esfuerzos; por otro lado, al contrario, consideraremos que lo que hacemos es fruto, de nuestro arduo trabajo. En cualquier caso, Dios está excluido y nuestra vida se vuelve triste y sin frutos.

Dedicar tiempo a la oración, personal y litúrgica, y el trabajo es expresión de estar en obediencia sirviendo de manera gratuita a la gloria de Dios y, al mismo tiempo, a la humanidad necesitada de consuelo y gesto del concreto de la caridad.

Hay otro desafío más que nos lanza la vida de San Ignacio de Santhia que me gustaría enfatizar: es el sentido de la finitud, el hombre finito o definido por un tiempo cumplido, que debe reconocerse como un don del poderoso amor del Señor. En esta perspectiva, el ser finito ya no se considera desde el punto de vista de lo que le falta, casi como un robo a nuestra libertad, sino que se convierte en la posibilidad misma de abrirnos al infinito. El sentido de la finitud, así entendida, nos impulsa a la sobriedad, valor tan vital para el cristiano y aún más para el hermano menor capuchino: ¿no estamos llamados a hacer de la esencialidad de las cosas nuestro estilo de vida?

Aprendamos algo más de San Ignacio: ¿por qué se ha distinguido como un hermano que hace de todo, es decir, disponible a cualquier servicio que le pidiera su Ministro o su guardián? Porque es consciente de haber recibido de Dios grandes y valiosos dones, como buen administrador se puso generosamente al servicio del hermano, del hombre, del mundo y de toda la creación. Realiza así un acto de restitución "al Señor Dios Altísimo y Supremo de todos los bienes, reconociendo que todos los bienes son suyos y que todos dando gracias, ya que proceden de Él" (San Francisco de Asís, Regola no Bulada, XVI).

Esta restitución es de quienes saben que el administrador no posee los bienes que le son entregados, sino que le son dados para que los use de manera sobria; es decir, que todo lo recibido es un regalo que hay que devolver, devolver, devolver. Sólo con este movimiento de retorno, que interpela nuestra libertad, el regalo puede dar fruto. La sobriedad, por tanto, como disposición virtuosa de quien no malgasta los dones recibidos, sino que los devuelve en obediencia, recibiendo a cambio la misma fuerza creadora de Dios, que genera comunión con los hermanos y con toda la creación: "un don que brota de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos llama a la comunión universal” (Francisco, Laudato Si, 76).

Para concluir

Hermanos queridos, San Ignacio de Santhia pertenece a aquella verdadera y grande riqueza de nuestra Orden, en sus casi 500 años de historia ha sido capaz de generar, nutrir y hacer crecer un gran número de santos y beatos, que han respondido con generosidad a la llamada de Dios y, en obediencia y humildad, anunciaron el amor de Dios por el hombre y por la creación en su conjunto.

El recuerdo de San Ignacio de Santhià hoy, doscientos cincuenta años después de su nacimiento en el cielo, se convierte para la Provincia de Piemonte una razón para la reanudación vigorosa de la adhesión sincera al Señor, a partir de los valores simples que nuestro santo nos enseña con a su vida, y que son válidos para todos los tiempos, especialmente hoy.

Pero que sea también una ocasión para que cada hermano de todas las partes del mundo redescubra y comprenda, una vez más, que hacer "prontamente la voluntad de Dios, principio de nuestra salvación" (Colecta propia de la memoria) se cumple en obediente adhesión. el estilo de vida de nuestro carisma, a los votos profesos, la vida fatigosa y hermosa de la fraternidad, de la oración fiel, la disponibilidad generosa del trabajo, los gestos sencillos y humildes que dan a Dios y a los hermanos lo que es suyo.

Para nosotros hermanos capuchinos y para todos los hombres invocamos y pedimos que "tu amor, oh Señor, reine en cada hombre y en toda la creación".

Roma, 22 de septiembre de 2020
Memoria de San Ignacio de Santhià

Hno. Roberto Genuin    
Ministro General OFM Cap

Modificado por última vez el Lunes, 21 Septiembre 2020 15:02