Queridos hermanos, paz y bien. Un saludo cordial a todo.
Nos acercamos al fin del año dos mil veinticinco, un gran año por tantas cosas que hemos vivido. Normalmente, al terminar un periodo, hacemos un balance: si durante este año logramos realizar lo que nos habíamos prometido, los pasos que hemos dado para una intimidad mayor con el Señor, los pasos que hemos dado para ser más fieles a la oración personal y a la fidelidad a la oración comunitaria; los pasos que hemos dado para integrarnos más a la fraternidad y testimoniar nuestra vida en el mundo, los pasos que hemos dado para ser más celosos –como antes se le decía a nuestro empeño por evangelizar, por ser misioneros en este mundo que tienen tanta necesidad de nuestro aporte– por el Señor y por los hermanos, por aquello que podemos, por decirlo de algún modo, de más grande. Bien, en el balance quizás podemos evaluar que no todo fue según nuestros propósitos, más, a veces, con mucha simplicidad y humildad, debemos decir que sí, nos habíamos propuesto algo grande, pero luego en tantas pequeñas cosas nuestros propósitos no vieron su realización. Más, quizás a veces nos encontramos todos en la misma barca, todos un tanto infieles.
Pues bien, recién comenzó el tiempo de Navidad: nueva oportunidad, nueva luz que aparece en nuestras vidas, que nunca evalúa de modo negativo lo que hemos sido, lo que no llegamos a realizar, que nos sostiene y acompaña en nuestro camino. Regresa el Señor Jesús, regresa entre nosotros, asume un cuerpo mortal para estar junto al camino de cada uno de nosotros. No importa cuánto hemos sido fieles o cuánto infieles, el Señor Jesús viene y se hace niño en la gruta de Belén. Considerando este magnífico misterio de la benevolencia de Dios, nos activan tantos aspectos de nuestra vida. Puede activarse simplemente el sentimiento, y no puede ser de otro modo: un niño pequeño que llora en un pesebre ya, de por sí, nos toca el corazón. Pero ¿es sólo esto, es sólo el sentimiento, es sólo el deseo de benevolencia, es sólo una gratificación de nuestra sensibilidad lo que importa? No, no es sólo esto. Precisamente, por el hecho que el Señor Jesús, el Hijo de Dios, se hace hombre, toma nuestra carne mortal, nos hace reflexionar sobre un aspecto muy importante, que quisiera describir de este modo: Jesús toma nuestro cuerpo, cuerpo que no es sólo evidentemente carne, es todo lo que somos, todo lo que vivimos con nuestras contradicciones, nuestras fidelidades, nuestras infidelidades. Jesús que se hace carne, se hace hombre, toma nuestro cuerpo. Significa que nuestro cuerpo, es decir, nosotros, tenemos un valor tan grande frente a Dios que el mismo Hijo de Dios no renuncia a asumir nuestra frágil humanidad. Si reflexionamos un poco, esto significa que Dios nos considera a cada uno de nosotros, lo que somos, nuestro cuerpo, de gran dignidad, gran dignidad. Y entonces, podemos dirigir nuestra mirada por caminos de comunión, de consideración frente a los demás, sea quienes sean, con cercana humanidad. Podemos comenzar en Navidad diciendo: bueno, entonces puedo considerar a los demás mejores de los he considerado hasta ahora. Pero algo importante también ocurre en cada uno de nosotros. Si yo, a pesar de todas las fragilidades que mi cuerpo me declara, me hace ver, me expresa, que a pesar de todo, yo puedo pensar que el Señor Jesús, el Hijo de Dios, me considera dignísimo, dignísimos a cada uno de nosotros. No por nada en la creación el Señor dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen. Que el Señor Jesús, en esta Navidad que se avecina, pueda animar nuestra conciencia de cuanto vale cada persona que está frente a nosotros, pueda pacificar nuestro corazón porque todos somos hijos de Dios. Pueda alegrarnos de nosotros mismos, capaces de mirar con un rostro más grande que es el rostro de Dios, lo que somos, lo que hacemos, los pocos resultados que obtenemos: ¡todo, todo, hermanos! El Señor nos dona una grandísima dignidad, a cada uno de nosotros: que sea la dignidad que la Navidad trae a vuestros pensamientos, a vuestros corazones, a vuestras almas, sea la dignidad que es el motor por el que nosotros, con confianza, retomamos el camino de respuesta incluso allí donde no siempre somos perfectos.
Hermano, ¡Feliz Navidad y feliz año nuevo!
Fr. Roberto Genuin
Ministro General OFMCap
