CAPITULO I
VIDA DE LOS HERMANOS MENORES CAPUCHINOS
ARTÍCULO I Nuestra vida según el Evangelio
1.1
El santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo es siempre
principio de la vida entera de la Iglesia y mensaje de salvación
para todo el mundo.
1.2
En efecto, por él la Iglesia, guiada por el Espíritu
Santo, llega al conocimiento de Cristo y recibe con fe sus
hechos y palabras, que son para los creyentes espíritu
y vida.
1.3
San Francisco, fundador de nuestra Fraternidad, ya desde el
comienzo de su conversión, tomó el Evangelio
como fundamento de su vida y de su actividad.
1.4
Por eso ordenó expresamente, tanto al principio como
al final de la Regla, que fuera observado, y declaró
en el Testamento que le había sido revelado que él
debía vivir según la forma del santo Evangelio.
1.5
Procuremos, por consiguiente, ya que somos hijos suyos, progresar
continuamente en el conocimiento del Evangelio.
1.6
En todas las circunstancias de la vida sigamos el Evangelio
como suprema ley, leamos con asiduidad sus palabras de salvación
y, a ejemplo de la bienaventurada Virgen María, llevémoslo
en el corazón, de modo que teniendo nuestra vida cada
vez más conformada al Evangelio, crezcamos en Cristo
por todos los medios.
2.1
San Francisco, discípulo verdadero de Cristo e insigne
modelo de vida cristiana, enseñó a los suyos
a seguir con alegría las huellas de Cristo pobre y
humilde, para que El los condujera en el Espíritu Santo
hacia el Padre.
2.2
Inflamados en el amor de Cristo, contemplémoslo en
el anonadamiento de la encarnación y de la cruz para
asemejarnos más a El y, al celebrar con gozo unánime
la Eucaristía, participemos del misterio pascual, gustando
de antemano la gloria de su resurrección hasta que
El venga.
2.3
Observemos con gran generosidad los consejos evangélicos,
sobre todo los que hemos prometido: la castidad consagrada
a Dios, la pobreza camino peculiar de salvación para
nosotros y la obediencia caritativa.
3.1
San Francisco, después de escuchar el pasaje evangélico
de la misión de los discípulos, inició
la Fraternidad de la Orden de los Menores, para que con su
comunión de vida dieran testimonio del Reino de Dios,
predicando con el ejemplo y la palabra la penitencia y la
paz.
3.2
Para adquirir la imagen del verdadero discípulo de
Jesucristo, que maravillosamente se manifestó en san
Francisco, pongamos empeño en imitarlo, en cultivar
diligentemente su patrimonio espiritual con nuestra vida y
nuestras obras y en compartirlo con todos los hombres de cualquier
época.
3.3
Con esta finalidad leamos con frecuencia la vida y los escritos,
tanto del propio san Francisco como de sus hijos, principalmente
de los capuchinos que se han distinguido por su santidad de
vida, trabajos apostólicos y ciencia, y también
otros libros que dan a conocer su espíritu.
4.1
Como Hermanos Menores Capuchinos es necesario que conozcamos
el carácter y los fines de nuestra Fraternidad, para
que nuestra vida, adaptada correctamente a los diversos tiempos,
se inspire en la sana tradición de nuestros hermanos.
4.2
Conviene imitarlos sobre todo en el retorno a la primigenia
inspiración, es decir, a la vida y Regla de nuestro
Padre Francisco, mediante la conversión interior, de
tal manera que nuestra Orden esté en continua renovación.
4.3
Siguiendo sus huellas, esforcémonos en dar prioridad
a la vida de oración, principalmente la contemplativa;
en practicar una pobreza radical, tanto personal como comunitaria,
junto con el espíritu de minoridad; en ofrecer ejemplo
de vida austera y penitencia alegre por amor a la cruz del
Señor, procurando igualmente encontrar, a la luz de
los signos de los tiempos, formas nuevas de encarnar nuestra
vida, las cuales deberán ser aprobadas por los legítimos
superiores.
4.4
Cultivando entre nosotros la espontaneidad fraterna, vivamos
gozosos entre los pobres, débiles y enfermos, al tiempo
que compartimos su misma vida, y mantengamos nuestra peculiar
cercanía al pueblo.
4.5
Promovamos de diversas maneras, sobre todo mediante la evangelización,
el dinamismo apostólico, que deberá realizarse
con espíritu de servicio.
5.1
La Regla de san Francisco, que brota del Evangelio, impulsa
a la vida evangélica.
5.2
Dediquémonos celosamente a su espiritual inteligencia
y procuremos cumplirla, pura y sencillamente, con santas obras,
según el consejo que el mismo Fundador dio en su Testamento
y, siguiendo el espíritu, las intenciones evangélicas
y los santos ejemplos de los primeros hermanos capuchinos.
5.3
Los superiores, a una con las fraternidades, promuevan con
todo interés el conocimiento, el amor y la observancia
de la Regla.
5.4
A fin de que en todas partes se puedan observar fielmente
la Regla y las intenciones del Padre legislador, procuren
los superiores mayores que, atendiendo a la diversidad de
regiones, culturas y a las exigencias de los tiempos y lugares,
se busquen modos más aptos, incluso pluriformes, para
la vida y el apostolado de los hermanos.
5.5
En efecto, la auténtica pluriformidad es aquella que,
dejando a salvo siempre la unidad del mismo genuino espíritu,
se basa en la comunión fraterna y en la obediencia
a los superiores; así se ofrece la libertad evangélica
a la hora de actuar, sobre todo en lo que se refiere a la
renovación de nuestra vida, para que no se apague el
espíritu.
6.1
El seráfico Padre dictó su Testamento cuando,
próximo a la muerte, adornado con las sagradas llagas
y lleno del Espíritu Santo, más ardientemente
anhelaba nuestra salvación.
6.2
En él expresa su última voluntad y transmite
su preciosa herencia espiritual.
6.3
Nos lo dio a fin de que observemos con más perfección
cada día, y según el sentir de la Iglesia, la
Regla que hemos prometido.
6.4
En consecuencia, aceptamos el Testamento como la primera exposición
espiritual de la Regla y óptima inspiración
de nuestra vida, siguiendo la tradición de nuestra
Orden.
7.1
La finalidad de las Constituciones es ayudar a una mejor y
más perfecta observancia de la Regla, en las circunstancias
cambiantes de nuestra vida.
7.2
En ellas tenemos un recurso seguro para la renovación
espiritual en Cristo y una ayuda válida para vivir
plenamente la consagración con la que cada hermano
se ha entregado por entero a Dios.
7.3
Cumplamos no como siervos sino como hijos estas Constituciones,
que nos obligan en virtud de nuestra profesión, deseando
ante todo el amor de Dios y escuchando al Espíritu
Santo que nos enseña, atentos a la gloria de Dios y
la salvación del prójimo.
7.4
Se exhorta encarecidamente a todos los hermanos a que se dediquen
al estudio personal de la Regla, del Testamento y de las Constituciones
y se impregnen de su íntimo espíritu.
ARTÍCULO II Nuestra vida en la Iglesia
8.1
La Iglesia, instrumento de salvación y de unión
con Dios y de los hombres entre sí, se nos presenta
como el pueblo de Dios que peregrina por el mundo y al que
Cristo instituyó en comunión de vida, de caridad
y de verdad, y el Espíritu Santo lo enriquece con multitud
de dones o carismas, útiles para la renovación
y una más amplia edificación de la misma Iglesia.
8.2
En esta misma Iglesia, adornada con tanta diversidad de carismas,
san Francisco fundó, bajo la inspiración del
Espíritu Santo, una Fraternidad religiosa dándole
una propia fisonomía. La Iglesia la aprobó con
su autoridad jerárquica y la protege con maternal solicitud,
para que brille con más claridad sobre su rostro el
signo de Cristo pobre, humilde y entregado al servicio de
los hombres, particularmente de los pobres.
8.3
Asimismo, la Orden de Hermanos Menores Capuchinos fue aprobada
por la Iglesia mediante la Bula "Religionis zelus",
expedida por el papa Clemente VII el día 3 de julio
de 1528.
8.4
Amemos, por lo tanto, intensamente a la Iglesia, meditemos
su misterio y participemos activamente en su vida y en sus
iniciativas.
9.1
Siguiendo el ejemplo de san Francisco, varón católico
y enteramente apostólico, obedezcamos fielmente al
Espíritu de Cristo que vive en la Iglesia.
9.2
Obedezcamos y reverenciemos al Sumo Pontífice, a quien
los religiosos están sometidos como a superior supremo,
incluso en virtud del votó de obediencia, y al Colegio
Episcopal, que juntamente con el Papa es signo visible de
la unidad y apostolicidad de la Iglesia.
9.3
Dondequiera que nos encontremos contribuyamos con nuestra
presencia fraterna y profética al bien de la Iglesia
particular colaborando en su crecimiento y desarrollo.
9.4
Prestemos nuestro servicio apostólico al pueblo de
Dios y a todos los hombres bajo la dirección del obispo
diocesano, conforme a nuestro propio carisma.
9.5
Honremos como es debido a los sacerdotes y a cuantos nos administran
espíritu y vida, y colaboremos diligentemente con ellos.
10.1
Amemos y obedezcamos con generoso corazón al ministro
general, que ha sido constituido para servicio y utilidad
de toda la Fraternidad, como sucesor de nuestro santo Fundador
y vínculo viviente que nos une con la autoridad de
la Iglesia y entre nosotros.
10.2
Profesemos, asimismo, amor y obediencia activa y responsable
a los demás ministros de la Fraternidad, que el Señor
nos ha dado como pastores y son depositarios de confianza
de los hermanos, para estar así más estrecha
y firmemente unidos al servicio de Iglesia en espíritu
de fe y en el amor de Cristo.
11.1
San Francisco adquirió en la adoración del Padre,
sumo bien, el sentimiento de la fraternidad universal que
le hacía ver en todas las criaturas la imagen de Cristo
primogénito y salvador.
11.2
Como hijos de tal Padre, debemos sentirnos hermanos de todos
los hombres, sin ninguna discriminación; y, también,
uniéndonos fraternalmente a toda criatura, entonemos
de continuo la alabanza de la creación a Dios, de quien
proceden todos los bienes.
11.3
Congregados por el Espíritu Santo en una misma vocación,
fomentemos mediante la oración y el trabajo en común
el sentimiento de fraternidad en toda la Orden, a comenzar
por nuestras comunidades provinciales y locales. Igual sentimiento
fraterno debemos profesar respecto de todos los hermanos y
hermanas, tanto religiosos como seglares, que forman con nosotros
una única familia franciscana.
11.4
Nuestra fraternidad evangélica, como modelo y fermento
de vida social, invita a los hombres a fomentar recíprocamente
las relaciones fraternas y a unir sus fuerzas para mejorar
el desarrollo y la liberación integral de la persona
y el progreso auténtico de la sociedad humana.
11.5
Nuestra vida fraterna tiene especial importancia y adquiere
mayor eficacia de testimonio en el proceso de sana socialización
y asociación, mediante el cual Dios nos interpela para
que nos entreguemos a la realización y al incremento
de la fraternidad en la justicia y en la paz.
12.1
El Hijo de Dios, tomando la condición de siervo, no
vino a ser servido sino a servir y a dar su vida para la salvación
de todos.
12.2
Deseando asemejarnos a su imagen, no pretendamos ser mayores,
sino consagrémonos como menores al servicio de todos,
principalmente de los que padecen penuria y tribulaciones
o incluso de los que nos persiguen.
12.3
Por consiguiente, vivamos con gusto nuestra vida fraterna
con los pobres, participando con verdadero amor de sus calamidades
y baja condición.
12.4
Al tiempo que procuramos poner remedio a sus necesidades materiales
y espirituales, dediquémonos con la vida, con obras
y palabras, a su promoción humana y cristiana.
12.5
Comportándonos de esta manera manifestamos el espíritu
de nuestra fraternidad dad en minoridad y nos convertimos
a la vez en fermento de justicia, de unión y de paz.
13.1
Para realizar con fruto nuestra vocación evangélica
en la Iglesia y en el mundo, abracemos fielmente la vida apostólica,
que incluye contemplación y acción, a imitación
de Jesús, cuya vida transcurrió siempre entre
la oración y la actividad salvadora.
13.2
Los apóstoles, enviados por el Señor a todo
el mundo, viviendo al estilo de su Maestro continuaban entregados
a la oración y al ministerio de la palabra.
13.3
San Francisco, aunque prefería los lugares solitarios,
eligió, a ejemplo del Señor y de los apóstoles,
un género de vida que unía íntimamente
la oración y la proclamación de mensaje de salvación.
13.4
Dediquémonos, por lo tanto, a la alabanza de Dios y
a la meditación de su palabra, para inflamarnos más
cada día en el deseo de que los hombres lleguen gozosos
mediante nuestra actividad, al amor de Dios
13.5
De esta manera, toda nuestra vid, de oración se verá
impregnada del espíritu apostólico, y toda nuestra
vida apostólica del espíritu de oración.
CAPITULO II
VOCACIÓN Y ADMISIÓN A NUESTRA VIDA Y FORMACIÓN
DE LOS HERMANOS
ARTÍCULO I Vocación a nuestra vida
14.1
Dios en su bondad llama a la perfección de la caridad,
a través de los diferentes estados de vida, a todos
los miembros de la Iglesia, a fin de promover la santidad
de cada uno en particular y la salvación de todo el
mundo.
14.2
A esta llamada cada cual debe responder con amor y con absoluta
libertad, de modo que se armonicen la dignidad de la persona
humana con la voluntad de Dios.
14.3
Agradezcamos todos con alegría la gracia especial de
la vocación a la vida religiosa que el Señor
nos ha concedido.
14.4
Al responder a nuestra vocación franciscano-capuchina,
nos convertimos ante la sociedad en testimonio vivo de la
vida tanto presente como eterna de Cristo, seguimos al mismo
Cristo pobre y humilde y proclamamos por doquier su mensaje
a los hombres, sobre todo a los pobres.
14.5
Así, en fraternidad de peregrinos, penitentes de corazón
y de obras, sirviendo a todos los hombres con espíritu
de minoridad y alegría, nos consagramos a la misión
salvadora de la Iglesia.
15.1
La solicitud por las vocaciones procede principalmente del
propio convencimiento que tienen los hermanos de vivir ellos
mismos y ofrecer a los demás un ideal de vida riquísimo
de valores humanos y evangélicos. Al abrazar esta vida,
los candidatos desarrollan su propia personalidad prestando
un auténtico servicio a Dios y a los hombres. Ahora
bien, para ofrecer un testimonio manifiesto de este género
de vida, es necesaria nuestra continua renovación.
15.2
Todos los hermanos colaboren con diligencia en la tarea de
promover las vocaciones, movidos por el deseo de cumplir los
planes de Dios según nuestro carisma.
15.3
Teniendo presente la preocupación de san Francisco
al ver cómo crecía su primitiva fraternidad,
todos los hermanos, y en primer lugar los ministros y cada
una de las fraternidades, pongan sumo esmero en discernir
y fomentar las verdaderas vocaciones, principalmente con el
ejemplo de su vida, con la oración y con la palabra.
15.4
De esta forma cooperamos con Dios, que llama y elige a los
que quiere, y contribuimos al bien de la Iglesia.
16.1
Promuévanse cuidadosamente las diversas formas de pastoral
vocacional, sobre todo en los ambientes más cercanos
al espíritu de nuestra Orden.
16.2
Se obtiene mayor fruto allí donde hay algunos hermanos
encargados especialmente de promover y coordinar la animación
vocacional. No obstante esto, todos los hermanos deben cooperar
en esta labor, como signo de fecundidad de la vida franciscana.
16.3
Es muy útil para el fomento de las vocaciones ofrecer
a los jóvenes la oportunidad de cierta participación
de nuestra vida fraterna. Y esto resulta muy bien en ciertas
casas apropiadas en las que se les pueda además proporcionar
ayuda para la reflexión personal.
16.4
Para cultivar bien y preparar más adecuadamente las
vocaciones a la vida religiosa los ministros provinciales,
con el consentímiento de su definitorio y, si se considera
oportuno, con el consejo del Capítulo provincial erijan
centros especiales, según las necesidades de las regiones
y de los tiempos.
16.5
Dichos centros funcionen de acuerdo con los principios de
una sana pedagogía, de manera que, uniendo la formación
científica con la humana, los alumnos, en contacto
con la sociedad y la familia, practiquen una vida cristiana
acomodada a su edad, a su manera de ser y al nivel de desarrollo,
merced a la cual se pueda descubrir y fomentar la vocación
a la vida religiosa.
16.6
Conviene que los estudios que hayan de seguir los alumnos
se organicen de tal forma que puedan continuarlos sin ningún
problema en otras partes.
ARTICULO II Admisión a nuestra vida
17.1
San Francisco, preocupado por la pureza de vida de su Fraternidad
y previendo que ésta iba a convertirse en una gran
multitud, temía al mismo tiempo el número de
hermanos ineptos.
17.2
Por consiguiente, debiendo la Fraternidad aumentar de día
en día en virtud, en la perfección de la caridad
y en espíritu más que en número, aquellos
que quisieren abrazar nuestra vida deben ser examinados y
seleccionados con todo esmero.
17.3
Los ministros provinciales indaguen cuidadosamente si los
que van a ser admitidos a nuestra vida cumplen los requisitos
que el derecho universal y el nuestro propio exigen para su
válida y lícita admisión. Téngase
en cuenta de manera especial lo siguiente:
a) que los candidatos sean por su carácter idóneos
para la convivencia fraterna de nuestra vida evangélica;
b) que se compruebe que gozan de la necesaria salud física
y psíquica para nuestro género de vida;
c) que demuestren con su vida que creen firmemente cuanto
cree y sostiene la santa madre Iglesia y poseen un sentir
católico;
d) que conste que gozan de buena fama particularmente entre
aquellos con quienes de ordinario se relacionan;
e) que tengan la madurez correspondiente y voluntad decidida,
y que se pruebe que quieren ingresar en la Orden sólo
para servir sinceramente a Dios y a la salvación de
los hombres, siguiendo la Regla y el estilo de vida de san
Francisco y nuestras Constituciones;
f) que estén instruidos según las exigencias
de su propia región y se abrigue la esperanza de que
podrán desempeñar con fruto su propio oficio;
g) en particular, si se trata de candidatos de edad madura
y de quienes hayan tenido ya alguna experiencia de vida religiosa,
adquiéranse todos los informes útiles acerca
de su vida anterior;
h) si se trata de recibir a clérigos seculares o a
aquellos que hubieran sido admitidos en otro instituto de
vida consagrada, o en alguna sociedad de vida apostólica
o en un seminario, o de la readmisión de algún
candidato, obsérvese lo dispuesto en el derecho universal.
18.1
Cristo, nuestro sapientísimo maestro, respondiendo
al joven que le había manifestado su deseo de conseguir
la vida eterna, le dijo que, si quería ser perfecto,
vendiera primeramente todos sus bienes y los repartiera a
los pobres.
18.2
Su imitador Francisco, no sólo lo enseñó
y lo practicó consigo mismo y con cuantos recibía,
sino que también lo impuso en su Regla.
18.3
Por lo tanto, procuren los ministros provinciales dar a conocer
y explicar a los candidatos, que vienen a nuestra Orden invitados
por el amor de Cristo, dichas palabras del santo Evangelio
para que a su debido tiempo, antes de la profesión
perpetua, renuncien a sus bienes preferentemente en favor
de los pobres.
18.4
Los candidatos vayan preparándose en su interior para
la futura renuncia de sus bienes y dispónganse a estar
al servicio de todos los hombres, especialmente de los pobres.
18.5
Los hermanos por su parte eviten, a tenor de la Regla, cualquier
ocasión para inmiscuirse en estos asuntos.
18.6
Además, los candidatos estén prontos a poner
a disposición de toda la fraternidad los recursos de
su entendimiento y su voluntad y los dones de naturaleza y
gracia para desempeñar los oficios que se les confíen
para el servicio del pueblo de Dios.
19.1
La admisión al postulantado, al noviciado y a la profesión,
además del ministro general, compete en cada provincia
al ministro provincial, quien puede delegar dicha facultad
en el vicario provincial, el viceprovincial y el superior
regular.
19.2
Estos superiores consulten, antes de admitir al noviciado
a los candidatos, a su propio Consejo o a tres o cuatro hermanos
designados por el mismo Consejo; mas, para admitirlos a la
primera profesión y a la profesión perpetua
necesitan el consentimiento de su Consejo.
19.3
Si el caso lo requiere, consulten también a expertos
en la materia.
20.1
Es competencia del maestro de novicios, siempre que el ministro
provincial no dispusiera otra cosa, celebrar el acto o rito
de recibir a los novicios, con el cual da comienzo el noviciado.
20.2
En cambio, es el propio ministro provincial quien recibe en
nombre de la Iglesia los votos de los profesantes; puede,
sin embargo, delegar para ello a otro hermano de la Orden.
20.3
En la admisión al noviciado y en la emisión
de la profesión obsérvense las prescripciones
litúrgicas.
20.4
La profesión religiosa emítase de ordinario
dentro de la celebración de la Misa, empleando la siguiente
fórmula aprobada por la Santa Sede para las familias
franciscanas:
"Yo, hermano N. N., puesto que el Señor me ha
dado esta gracia, para alabanza de Dios, con la firme voluntad
de vivir más perfectamente el Evangelio de Cristo,
ante los hermanos aquí presentes, en tus manos, Padre
N. N. (por tres años, por... año..., por todo
el tiempo de mi vida), hago voto de vivir en obediencia, sin
nada propio y en castidad, según la Regla de san Francisco
confirmada por el papa Honorio y las Constituciones de la
Orden de Hermanos Menores Capuchinos. Por tanto, me entrego
de todo corazón a esta Fraternidad para vivir mi consagración
al servicio de Dios y de la Iglesia mediante la acción
del Espíritu Santo, la intercesión de la Bienaventurada
Virgen María Inmaculada, de nuestro Padre Francisco
y de todos los santos y con la ayuda de los hermanos".
21.1
La naturaleza y fin de los tres consejos evangélicos,
que en la profesión se prometen con voto, está
en unirnos a Cristo con un corazón liberado por la
gracia, viviendo una vida casta, pobre y obediente por el
Reino de los cielos, siguiendo las huellas de san Francisco.
21.2
El consejo evangélico de la castidad por el Reino de
los cielos, que es signo del mundo futuro y fuente de una
mayor fecundidad en un corazón indiviso, implica la
obligación de la continencia perfecta en celibato.
21.3
El consejo evangélico de la pobreza a imitación
de Cristo, quien siendo rico se hizo pobre, comporta, además
de una vida pobre de hecho y de espíritu, la dependencia
de los superiores y la limitación en el uso y disposición
de los bienes e incluso la renuncia voluntaria a la capacidad
de adquirirlos y poseerlos, renuncia que hay que hacer antes
de la profesión perpetua en forma, a ser posible, válida
ante el derecho civil.
21.4
El consejo evangélico de la obediencia, prometido con
espíritu de fe y de amor para seguir a Cristo obediente
hasta la muerte, obliga a someter por Dios la voluntad a los
legítimos superiores "en todo aquello que no es
contrario a la conciencia y a la Regla", cuando mandan
según nuestras Constituciones.
ARTICULO III La formación en general
22.1
La formación consiste en la promoción de los
hermanos y de las fraternidades, de tal manera que nuestra
vida sea cada día más conforme al santo Evangelio
y al espíritu franciscano, según las exigencias
de lugares y tiempos. Esta formación debe ser continua,
prolongándose a lo largo de toda la vida, tanto en
lo que se refiere a los valores humanos como a la vida evangélica
y religiosa.
22.2
Nuestra formación integral abarca a toda la persona,
especialmente en su aspecto psíquico, religioso, cultural
e incluso profesional o técnico. Comprende dos fases:
la formación inicial y la formación permanente.
23.1
Toda formación es "ante todo" una acción
del Espíritu Santo que vivifica interiormente a formadores
y formandos.
23.2
La formación activa exige la colaboración de
los formandos, que son los principales agentes y responsables
de su propio crecimiento.
23.3
Todo hermano es al mismo tiempo y durante toda la vida formando
y formador, porque todos tenemos siempre algo que aprender
y que enseñar; es un principio que debe establecerse
como programa de formación y llevarse a la práctica.
23.4
Vivir como hermanos menores el uno para el otro es elemento
primordial de la vocación franciscana. De ahí
que la vida fraterna sea siempre y en todas partes exigencia
fundamental en el proceso de la formación.
23.5
Para que cada una de las fraternidades, y en modo especial
las que son específicamente formadoras, puedan cumplir
esta función primaria, es necesario que reciban orientación
y estímulo de la primera fraternidad que es la fraternidad
provincial.
23.6
Aunque todos los hermanos sean formadores, se requiere que
haya algunos hermanos con mayor responsabilidad y destinados
a este menester. Los primeros, entre éstos, son el
ministro provincial y los guardianes, que son los animadores
ordinarios y coordinadores del proceso de la formación.
Vienen después otros formadores cualificados que asumen
este oficio en nombre de la fraternidad.
24.1
La Orden debe disponer de los medios formativos adecuados
a las exigencias particulares del propio carisma.
24.2
Debiéndose prestar una atención especial a los
hermanos durante el período de la formación
inicial, todas las circunscripciones dispongan de estructuras
educativas adecuadas.
24.3
El proceso educativo exige, ante todo, un equipo de hermanos
responsables, que trabajen con criterios coherentes a lo largo
de toda la formación. Este equipo contará con
la ayuda conveniente de toda la fraternidad.
24.4
Dada la gran importancia del secretariado y de los centros
de formación, póngase particular empeño
en atenderlos y hacerlos operativos.
24.5
El secretariado general para la formación esté
a disposición de los superiores generales y de los
superiores de las distintas circunscripciones, prestándoles
ayuda e informes, para que promuevan todo lo referente a la
formación.
24.6
Igualmente en cada provincia haya un consejo de formación
y en los centros de formación un hermano, dotado de
especial responsabilidad, que promueva todo lo relativo a
la formación.
24.7
Cada provincia o grupo de provincias, según las circunstancias
de las regiones, tenga su plan de formación, en el
que formulen los objetivos, programas y pasos concretos de
todo el proceso de la formación de los hermanos.
ARTICULO IV Iniciación en nuestra vida
25.1
La formación inicial en nuestra vida exige las experiencias
y conocimientos necesarios que van introduciendo progresivamente
a los candidatos, bajo la dirección de los formadores,
en la vida franciscana evangélica.
25.2
Durante el tiempo de la iniciación, la formación
de los candidatos, que combina armónicamente el elemento
humano y el espiritual, sea verdaderamente sólida,
completa y acomodada a las necesidades de los lugares y los
tiempos.
25.3
Aplíquense los medios propios de una educación
activa, ante todo la práctica de trabajos y oficios
que lleven gradualmente a los candidatos a adquirir el dominio
de sí mismos y la madurez psíquica y afectiva.
25.4
Teniendo en cuenta el carácter particular y los dones
de gracia de cada uno, sean introducidos en la vida espiritual,
alimentada con la lectura de la divina palabra, con la participación
activa en la liturgia y con la reflexión personal y
la oración, de tal manera que se vean atraídos
más y más hacia Cristo, que es el camino, la
verdad y la vida.
25.5
Los hermanos, durante el tiempo de la iniciación, adquieran
conocimiento sólido y experiencia del espíritu
franciscano capuchino por medio del estudio tanto de la vida
de san Francisco y de su pensamiento sobre la observancia
de la Regla, como de la historia y de las sanas tradiciones
de nuestra Orden y, sobre todo, por la asimilación
interior y práctica de la vida a que han sido llamados.
25.6
Cultiven de manera especial la vida fraterna tanto en comunidad
como con los demás hombres, cuyas necesidades procuren
remediar con presteza, para aprender a vivir cada día
mejor una activa participación con la Iglesia.
25.7
La formación especial de los hermanos durante el tiempo
de iniciación ajústese a los distintos oficios
que deberán desempeñar y a las particulares
circunstancias y normas de las circunscripciones.
25.8
Todas las etapas de la iniciación deben efectuarse
en fraternidades especialmente idóneas para llevar
nuestra vida e impartir la formación, y designadas
para esta finalidad por el ministro provincial con el consentimiento
del definitorio. Sin embargo, el ministro provincial, con
el consentimiento del definitorio, puede permitir que el período
de postulantado se realice fuera de nuestras fraternidades.
25.9
La erección, el traslado y la supresión de la
casa del noviciado, corresponden al ministro general, con
el consentimiento del definitorio, mediante decreto dado por
escrito. La misma autoridad puede conceder en casos particulares
y como excepción, que un candidato haga el noviciado
en otra casa de la Orden, bajo la dirección de algún
religioso idóneo, que haga las veces del maestro de
novicios.
25.10
E1 superior mayor puede permitir que el grupo de los novicios
habite, durante determinados períodos de tiempo, en
otra casa de la Orden designada por el mismo.
26.1
Todo hermano, dado por Dios a la fraternidad, es motivo de
alegría y al mismo tiempo estímulo para renovarnos
en el espíritu de nuestra vocación.
26.2
A toda la fraternidad, en cuanto que a ella pertenecen los
candidatos, corresponde la tarea de la iniciación.
26.3
Sin embargo, el ministro provincial con el consentimiento
del definitorio, de la manera y dentro del límite que
establezca, confíe su régimen a hermanos que
posean experiencia de la vida espiritual, fraterna y pastoral,
ciencia, prudencia, discernimiento de espíritus y conocimiento
de las almas.
26.4
Los maestros de postulantes, de novicios y profesos deben
estar libres de todas aquellas responsabilidades que puedan
impedir el cuidado y la dirección de los candidatos.
26.5
Si especiales motivos lo aconsejan, pueden asignarles colaboradores,
sobre todo para lo referente a la atención de la vida
espiritual y al fuero interno.
27.1
E1 tiempo de la formación inicial empieza el día
en que uno, admitido por el ministro provincial, ingresa en
la fraternidad, y se prolonga hasta la profesión perpetua.
Se realiza de acuerdo con el derecho universal y el propio
nuestro. Levántese acta de este ingreso.
27.2
Desde ese día el candidato ha de ser considerado como
miembro, gradualmente, de la fraternidad en cuanto a la formación,
a la vida y al trabajo, según la modalidad establecida
por el ministro provincial con el consentimiento del definitorio.
27.3
La formación inicial, en cuanto inserción en
nuestra fraternidad, abarca el postulantado, el noviciado
y el postnoviciado.
28.1
E1 postulantado es un período de la formación
inicial y de opción para tomar nuestra vida. La duración
y las diversas modalidades de este primer período debe
ser establecido por el ministro provincial con el consentimiento
del definitorio. Durante este tiempo, el candidato conoce
nuestra vida, al tiempo que la fraternidad, por su parte,
conoce mejor al candidato y puede discernir su vocación.
28.2
La formación de los postulantes está encaminada,
sobre todo, a completar la catequesis de la fe y comprende
la introducción a la liturgia, el método de
oración, la instrucción franciscana y la primera
experiencia de trabajo apostólico. Hay que comprobar
y promover la madurez humana, ante todo afectiva, y la capacidad
de discernir según el Evangelio los signos de los tiempos.
29.1
El noviciado es un período de iniciación más
intensa y de más profunda experiencia de la vida evangélica
franciscano-capuchina en sus exigencias fundamentales y presupone
la elección libre y madura de la vida religiosa.
29.2
El gobierno de los novicios, bajo la autoridad de los superiores
mayores, se reserva en exclusiva al maestro, que debe ser
hermano de la Orden y haber emitido los votos perpetuos.
29.3
La formación del novicio se fundamenta en los valores
de nuestra vida consagrada, conocidos y vividos a la luz del
ejemplo de Cristo, de las intuiciones evangélicas de
san Francisco y de las sanas tradiciones de la Orden.
29.4
E1 ritmo del noviciado debe responder a los aspectos primarios
de nuestra vida religiosa, sobre todo mediante una particular
experiencia de fe, de oración contemplativa, de vida
fraterna, de contacto con los pobres y de trabajo.
29.5
Para su validez, el noviciado debe durar doce meses transcurridos
en la misma comunidad del noviciado; su comienzo y la manera
de hacerlo sean establecidos por el ministro provincial con
consentimiento del definitorio.
29.6
La ausencia, por más de tres meses, continuos o con
interrupciones, de la casa del noviciado, hace que éste
sea inválido. La ausencia que supere quince días
debe suplirse. Obsérvense también con fidelidad
las demás normas establecidas por el derecho universal
referentes al noviciado.
29.7
Levántese acta del comienzo del noviciado, con el que
se inicia la vida en la Orden.
30.1
El postnoviciado es un período en el que los hermanos,
progresando en una ulterior maduración, se preparan
para la elección definitiva de nuestra vida evangélica
que tendrá lugar con la profesión perpetua.
30.2
Ya que en nuestra vocación la vida evangélica
fraterna ocupa el primer lugar, désele también
prioridad durante el tiempo del postnoviciado. Por tanto,
ha de darse la misma formación religiosa a todos los
hermanos durante el tiempo y en el modo que señale
el ministro provincial con el consentimiento del definitorio.
30.3
Dedíquense los hermanos, según la propia índole
y gracia, a un estudio más profundo de la Sagrada Escritura,
de la teología espiritual, de la liturgia, de la historia
y espiritualidad de la Orden, y ejercítense en diversas
formas de apostolado y de trabajo incluido el doméstico.
Esta formación llévese a cabo teniendo en cuenta
siempre la vida y la continua maduración de la persona.
ARTICULO V Profesión de nuestra vida
31.1
Meditemos con frecuencia cuán grande es la gracia de
la profesión religiosa.
31.2
En efecto, por medio de ella abrazamos, con un título
nuevo y especial, una vida entregada a gloria y servicio de
Dios, que nos estimula a la perfección de la caridad
y, consagrados de una manera estable y más íntima
al servicio divino, representamos a Cristo unido con vínculo
indisoluble a su esposa la Iglesia.
31.3
Para obtener mediante esta consagración fruto más
abundante de la gracia bautismal, nos obligamos a vivir los
consejos evangélicos según la Regla y las Constituciones.
31.4
De este modo buscamos vernos libres de los impedimentos que
pueden apartar de la caridad perfecta, de la libertad de espíritu
y de la perfección del culto divino.
31.5
Finalmente, gozando por la profesión de un don especial
de Dios en la vida de la Iglesia, colaboramos con nuestro
testimonio en su misión salvífica.
31.6
Exhortamos, pues, a los hermanos a que se preparen con gran
solicitud a la profesión mediante los ejercicios espirituales,
una intensa vida sacramental, especialmente eucarística,
y ferviente oración. Y practíquese esto de manera
particular y más intensamente antes de la profesión
perpetua.
32.1
Terminado el noviciado y comprobada la idoneidad del novicio,
se emite, por el tiempo que determinará el ministro
provincial juntamente con el novicio, la profesión
temporal de los votos, que habrá de renovarse espontáneamente
hasta la profesión perpetua. Si quedare alguna duda
sobre la idoneidad del novicio, el ministro provincial puede
prorrogar el tiempo de prueba, pero no por más de seis
meses. Pero si no se le juzga idóneo, sea despedido.
32.2
El tiempo de la profesión temporal no debe ser, de
suyo, inferior a un trienio ni superior a un sexenio, aunque
puede prorrogarse, si pareciere conveniente, de manera, sin
embargo, que el tiempo durante el cual un hermano permanece
ligado por votos temporales no sea superior a nueve años.
32.3
Si el hermano es considerado idóneo y lo pide espontáneamente,
emite la profesión perpetua en el tiempo que señale
el ministro provincial, después de haber oído
al propio profesante, dejando a salvo la integridad del trienio
de la profesión temporal y nunca antes de los veintiún
años cumplidos. Por esta profesión el candidato
queda incorporado definitivamente a la Fraternidad con todos
los derechos y obligaciones, a tenor de las Constituciones.
32.4
Cumplido el tiempo de la profesión temporal, el hermano
puede marcharse y, habiendo causas justas, el superior mayor
competente, oído su consejo, puede excluirlo de la
profesión subsiguiente.
32.5
Obsérvense las demás normas del derecho universal
concernientes a la profesión, y de una manera especial
las que se refieren a la disposición de los propios
bienes antes de la profesión temporal y perpetua.
33.1
El hábito religioso se entrega durante el rito de la
primera profesión, aunque se hubieran llevado ya antes
los vestidos de la probación. Recordemos que los vestidos
que llevamos deben ser signo de la consagración a Dios
y de nuestra minoridad y fraternidad.
33.2
Revestidos de Cristo manso y humilde, no seamos falsos menores,
sino realmente tales de corazón, de palabra y de obra.
33.3
Los signos de humildad que los hermanos llevan exteriormente,
de poco sirven para la salvación de las almas si no
están animados por el espíritu de humildad.
33.4
Por lo tanto, a ejemplo de san Francisco, empeñémonos
con todas nuestras fuerzas en ser buenos, no sólo en
parecerlo, en ser lo mismo de palabras y de obra, exterior
e interiormente, y seamos los primeros en honrar a los demás,
considerándonos, según el consejo de la Regla,
los menores de todos.
33.5
Nuestro hábito consta, según la Regla y la costumbre
de la Orden, de túnica con capucho de color castaño,
cordón y sandalias, o, por justa causa, calzado.
33.6
Los hermanos lleven el hábito de la Orden, como signo
de su consagración y testimonio de pobreza. La norma
de la pluriformidad vale en cuanto a la costumbre de llevar
barba.
34.1
La fraternidad local en los tiempos señalados por el
ministro provincial con el consejo del definitorio, y previa
la información del maestro, dialogue y reflexione en
común acerca de la idoneidad de los candidatos y de
su modo de proceder con los mismos.
34.2
Durante el noviciado y antes de la profesión perpetua,
los hermanos de votos perpetuos que han residido durante cuatro
meses en la respectiva fraternidad, manifiesten su opinión,
aún con voto consultivo, en la forma que determine
el ministro provincial.
34.3
No se excluya de dar su opinión a los hermanos de votos
temporales, pero sin emitir su voto.
34.4
De cada una de estas reuniones y del resultado de las votaciones,
si las hubiere, envíese relación al ministro
provincial.
35.1
Redáctese además un documento de la profesión
emitida, tanto temporal como perpetua, en que conste la edad
y otras circunstancias necesarias, firmándolo el mismo
profesante, por el que recibió la profesión
y por dos testigos.
35.2
Este documento, junto con los otros prescritos por la Iglesia,
consérvese con cuidado en el archivo provincial; y
anótelo también el ministro provincial en el
libro de profesiones que debe guardarse en el archivo.
35.3
Si se trata de la profesión perpetua,el ministro provincial
la notificará al párroco del lugar de bautismo
del profesante.
36.1
El ministro provincial y, también por mandato especial,
todos aquellos de quienes se trata en el número 19,
pueden despedir al postulante o al novicio que no consideren
apto para nuestra vida.
36.2
Por una grave causa que no admita dilación, tiene la
misma facultad el maestro de novicios y el de postulantes,
pero con el consentimiento del Consejo de la fraternidad.
De lo cual será informado inmediatamente el ministro
provincial.
36.3
El ministro general con el consentimiento del definitorio
puede conceder a un hermano profeso de votos temporales, que
lo solicite con causa grave, el indulto para marcharse, lo
que lleva consigo de propio derecho la dispensa de los votos
y de todas las obligaciones provenientes de la profesión.
36.4
En los demás casos que se refieren al paso a otro instituto
de vida consagrada o a una sociedad de vida apostólica,
a la salida de la Orden, y a la dimisión de un hermano,
después de la profesión tanto temporal como
perpetua, obsérvese lo ordenado por el derecho universal
de la Iglesia.
ARTICULO VI Formación especial
37.1
San Francisco escribe en el Testamento: "Los que no saben
trabajar, aprendan".
37.2
Esta exhortación adquiere cada día un significado
nuevo y más urgente para nosotros. En efecto, con dificultad
se puede realizar convenientemente un trabajo sin una formación
especial y adecuada.
37.3
Es deber de la Orden ayudar a cada hermano para que desarrolle
su propia gracia de trabajar. Así, con el trabajo,
los hermanos se reafirman mutuamente en la vocación
y se fomenta la armonía de la vida fraterna.
37.4
Cada uno de los hermanos reciba la formación apropiada
a sus cualidades en orden a los diversos oficios que habrá
de ejercer. Por eso unos aprendan artes y oficios técnicos;
otros, en cambio, dedíquense a los estudios pastorales
o científicos, especialmente sagrados.
38.1
Sin embargo, todos los hermanos, sirviendo al Señor
como menores, recuerden que, sobre todas las cosas, deben
desear tener el espíritu del Señor y su santa
operación.
38.2
Procuren, pues, los hermanos, mientras aprenden un oficio
manual y adquieren una sólida cultura, hacerse competentes
en la gracia particular del trabajo y santificarse al mismo
tiempo.
38.3
Conságrense a la formación especial con espíritu
de abnegación y de disciplina, según su capacidad,
de manera que puedan contribuir con el desarrollo de su personalidad
y su cultura al bien general de la Orden, de la Iglesia y
de la sociedad humana.
38.4
Los estudios, iluminados y vivificados por la caridad de Cristo,
sean del todo conformes con la índole de nuestra vida.
38.5
Por consiguiente, los hermanos mientras se entregan al estudio,
cultiven el corazón y la mente de tal manera que progresen
en la vocación, según la intención de
san Francisco, ya que la formación para cualquier tipo
de trabajo es parte integrante de nuestra vida religiosa.
39.1
Los hermanos que son llamados a la sagradas órdenes
deben ser formados según las normas establecidas por
la Iglesia, teniendo en cuenta el carácter de nuestra
fraternidad. Para acceder a las sagradas órdenes se
requiere el consentimiento del ministro provincial y de su
definitorio.
39.2
Con igual esmero atiéndase en cada provincia a la formación
intelectual, apostólica y técnica de los otros
hermanos, según los oficios de cada uno.
39.3
La formación en los estudios filosóficos y teológicos,
impartida especialmente según la doctrina franciscana,
tienda de modo unitario a revelar gradualmente a los demás
el misterio de Cristo.
39.4
En nuestra Orden apostólica, la preocupación
pastoral penetre toda la formación, de modo que todos
los hermanos, según la capacidad de cada uno, puedan
anunciar con obras y palabras, como discípulos y profetas
de nuestro señor Jesucristo, el Reino de Dios, habida
cuenta de las necesidades pastorales de las diversas regiones
y de la tarea misional y ecuménica de la Iglesia.
39.5
Para organizar debidamente la formación especial de
los hermanos, los ministros provinciales, con el consentimiento
del definitorio, erijan casas adecuadas en las provincias;
o provean de otra manera, especialmente mediante la colaboración
entre provincias o con las familias franciscanas, en cuanto
las circunstancias locales lo permitan.
39.6
Y, si los hermanos en período de formación inicial
frecuentan, según las condiciones y exigencias de la
región y de la provincia, centros de formación
fuera de la Orden, debe completarse siempre y con esmero la
formación religiosa franciscano-capuchina.
39.7
Los ministros provinciales procuren que los hermanos idóneos
se preparen de manera especial en institutos, facultades y
universidades en las ciencias sagradas y en las otras, y en
artes y oficios, como pareciere oportuno para el servicio
de la Iglesia y de la Orden.
40.1
Los formadores sean conscientes de que los hermanos formandos
son los artífices principales de la formación
que deben adquirir, de la cual son también los primeros
responsables en confiada colaboración con los formadores.
40.2
En el método de enseñar, en los diálogos
con los alumnos, en las ejercitaciones de manera activa, procuren
los formadores que los hermanos formandos adquieran una cultura
viva y coherente.
40.3
Preparen y den las lecciones con diligente esmero a la luz
del magisterio de la Iglesia, sigan con atención el
progreso de sus disciplinas y adapten sus enseñanzas
a las exigencias del mismo.
40.4
Se recomienda, finalmente, que dediquen sus energías
a la investigación y difusión de trabajos científicos,
sobre todo de asuntos franciscanos; en esto pueden prestarles
ayuda, así como a otros hermanos, los Institutos Franciscanos
promovidos por la Orden.
40.5
Además de la biblioteca central o regional, que se
recomienda vivamente, haya en todas nuestras casas una biblioteca
común, dotada convenientemente según las necesidades
de cada fraternidad. Donde sea posible, sea consentido el
acceso a nuestras bibliotecas, incluso a los extraños,
guardando, sin embargo, las debidas cautelas.
ARTICULO VII Formación permanente
41.1
La formación permanente es el proceso de renovación
personal y comunitaria y de adaptación coherente de
las estructuras, gracias al cual nos encontramos capacitados
para vivir siempre nuestra vocación según el
Evangelio en las condiciones de la vida real de cada día.
41.2
Aunque la formación permanente afecta de manera unitaria
a toda la persona, tiene, no obstante, dos aspectos: la conversión
espiritual, mediante el continuo retorno a las fuentes de
la vida cristiana y al primitivo espíritu de la Orden
y su acomodación a los tiempos, y la renovación
cultural y profesional mediante una adaptación técnica,
por así decirlo, a las condiciones de los tiempos.
Todo esto ayuda a una mayor fidelidad a nuestra vocación.
42.1
El hermano que ha completado el período de la formación
inicial, no puede considerarse completamente formado para
el resto de su vida. Por esa razón, todos los hermanos
son destinatarios de la formación permanente.
42.2
Sin lugar a dudas y, antes de nada, es obligación y
derecho de cada uno de los hermanos aplicarse a la propia
formación permanente, ya que ésta no es otra
cosa que la realización continua de nuestra vocación.
42.3
Pero, al mismo tiempo, esa formación debe considerarse
como un deber ordinario y pastoral de todos los superiores.
43.1
En cada una de las provincias, según los diversos lugares
y las condiciones de las personas y de los tiempos, dense
normas particulares relativas a la formación permanente.
43.2
El programa sea orgánico, dinámico y completo,
y abarque toda la vida religiosa a la luz del Evangelio y
del espíritu de la fraternidad.
43.3
El modo habitual de la vida diaria favorece mucho la formación
permanente. En efecto, la primera escuela de formación
es la experiencia cotidiana de la vida religiosa con su ritmo
normal de oración, reflexión, convivencia y
trabajo.
43.4
Además, se recomiendan vivamente los medios o recursos
extraordinarios, es decir, iniciativas nuevas o renovadas
de formación permanente, con la ayuda de las fraternidades
locales y provinciales, en el ámbito respectivo de
cada provincia o región, o de las Conferencias de superiores
mayores que existan.
43.5
Se recomienda nuestro colegio internacional de Roma para fomentar
el espíritu de fraternidad en toda la Orden, perfeccionar
la formación y promover la cultura franciscana.
44.1
Cada hermano procure con interés caminar dignamente
según la vocación franciscano-capuchina, a la
que Dios le llamó.
44.2
Por lo tanto, esforcémonos todos en conservar y consolidar,
para los demás, el don de la vocación religiosa
y de la perseverancia, con fiel cooperación, prudente
vigilancia y oración constante.
44.3
Guardémonos también, hermanos, de caer en la
apostasía del corazón, que tiene lugar cuando
alguno, por tibieza, bajo apariencia religiosa lleva un corazón
mundano y se aparta del espíritu y del amor de su propia
vocación y cede al espíritu de soberbia y de
sensualidad de este mundo; por el contrario, recordando las
palabras del apóstol "no queráis conformaros
a este mundo", huyamos de cuanto sepa a pecado y debilite
la vida religiosa.
44.4
Empeñémonos, pues, una vez que hemos abandonado
el mundo, en que ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra
cosa queramos, ninguna otra nos deleite sino seguir el espíritu
del Señor y su santa operación, y agradarle
siempre, de manera que seamos realmente hermanos y pobres,
mansos, deseosos de santidad, misericordiosos, puros de corazón,
tales, en fin, que el mundo reconozca en nosotros la paz y
la bondad de Dios.
CAPITULO III
VIDA DE ORACIÓN DE LOS HERMANOS
45.1
La oración a Dios, como respiración de amor,
comienza con la moción del Espíritu Santo por
la que el hombre se pone interiormente a la escucha de la
voz de Dios que habla al corazón.
45.2
En efecto, Dios, que fue el primero en amarnos, nos habla
de muchas maneras: en todas las criaturas, en los signos de
los tiempos, en la vida de los hombres, en nuestro propio
corazón y, sobre todo, en la historia de la salvación
a través de su Palabra.
45.3
En la oración, respondiendo a Dios que nos habla, alcanzamos
la plenitud en cuanto que nos salimos del amor propio y, en
unión con Dios y con los hombres, nos transformamos
en Cristo Dios-Hombre.
45.4
En efecto, Cristo mismo es nuestra vida, nuestra oración
y nuestra acción.
45.5.
Por ello mantenemos realmente un coloquio filial con el Padre,
cuando vivimos a Cristo y oramos en su Espíritu, que
clama en nuestro corazón: "¡Abbá,
Padre!".
45.6
Consagrados más íntimamente al servicio de Dios
por medio de la profesión de los consejos evangélicos,
esforcémonos con libertad de espíritu en vivir
fiel y constantemente esta vida de oración.
45.7
Por consiguiente, cultivemos con el máximo empeño
el espíritu de la santa oración y devoción,
al cual las demás cosas temporales deben servir, de
tal modo que nos convirtamos en auténticos seguidores
de san Francisco, que pareció más que un orante
uno todo oración.
45.8
Deseando sobre todas las cosas el espíritu del Señor
y su santa operación, orando siempre a Dios con puro
corazón, ofrezcamos a los hombres testimonio de una
auténtica oración, de modo que todos vean y
sientan en nuestro semblante y en la vida de nuestras fraternidades
la bondad y la benignidad de Dios presente en el mundo.
46.1
Nuestra oración sea la expresión características
de nuestra vocación de hermanos menores.
46.2
Oramos verdaderamente como hermanos cuando nos reunimos en
el nombre de Cristo, amándonos mutuamente, de tal manera
que el Señor esté de verdad en medio de nosotros.
46.3
Y oramos verdaderamente siempre como menores, cuando vivimos
con Cristo pobre y humilde, presentando al Padre el clamor
de los pobres y compartiendo en realidad su condición
de vida.
46.4
Según nos enseñaron los profetas, los salmistas
y el propio Cristo, no nos evada nuestra oración de
la realidad, sino que, a ejemplo de san Francisco que encontró
al Señor en el leproso, se encarne siempre más
en las situaciones de la vida, en los acontecimientos de la
historia, en la religiosidad popular y en la cultura particular
de las regiones.
46.5
Así la oración y la acción, inspiradas
por el mismo y único Espíritu del Señor,
lejos de oponerse se completan mutuamente.
46.6
La oración franciscana es afectiva, es decir, oración
del corazón, que nos conduce a la íntima experiencia
de Dios. Cuando contemplamos a Dios, sumo bien, de quien procede
todo bien, deben brotar de nuestros corazones la adoración,
la acción de gracias, la admiración y la alabanza.
46.7
Viendo a Cristo en todas las criaturas, vayamos por el mundo
anunciando la paz y la penitencia, invitando a todos a la
alabanza de Dios, como testigos de su amor.
47.1
Consagrados al servicio de Dios por el bautismo y la profesión
religiosa, tengamos en máxima estima la sagrada liturgia,
que es el ejercicio del ministerio sacerdotal de Cristo, cumbre
de toda la actividad de la Iglesia y fuente de la vida cristiana;
y trabajemos con empeño en nutrir con ella la vida
espiritual, personal y fraterna, y descubrir a los fieles
todos sus tesoros.
47.2
Tengamos, por consiguiente, en máximo aprecio el misterio
de la Eucaristía y el Oficio divino, que san Francisco
quiso que informaran toda la vida de la fraternidad.
47.3
A este efecto servirá de mucha utilidad designar en
las fraternidades a algunos hermanos que preparen las acciones
litúrgicas, a fin de renovarlas siempre más
con creatividad y espontaneidad, en fidelidad a las normas
litúrgicas y de acuerdo a su espíritu.
47.4
En lo referente al rito los hermanos deben conformarse a las
prescripciones emanadas de la autoridad eclesiástica
competente para la región donde moran.
48.1
Participemos plena, consciente y activamente del sacrificio
eucarístico, en el que celebramos el misterio pascual
de Jesucristo hasta que él venga, sin reservarnos nada
de nosotros, a fin de que nos reciba enteramente aquél
que enteramente se entrega a nosotros.
48.2
Para poner mejor de manifiesto que, en la fracción
del pan eucarístico, somos elevados a la comunión
con Cristo y entre nosotros, celébrese todos los días
en nuestras fraternidades la misa de la comunidad. Donde no
sea posible hacerlo a diario, celébrese al menos periódicamente
y participen todos los hermanos.
48.3
Asimismo para manifestar la unidad del sacrificio, del sacerdocio
y de la fraternidad, es de alabar que se concelebre cuando
no sea necesaria la celebración individual.
48.4
La Eucaristía, en la que el mismo Señor Jesucristo
se nos hace presente bajo las especies consagradas, consérvese
en las iglesias u oratorios nuestros en el lugar y modo más
dignos.
48.5
A ejemplo de san Francisco, veneremos sobre todas las cosas
a Jesucristo presente en la Eucaristía, ofrezcamos
con él a Dios Padre nuestras personas y nuestras obras,
y ante él, centro espiritual de la fraternidad, oremos
frecuente y devotamente.
49.1
Conscientes del sentido católico de san Francisco,
pidamos a Dios, al celebrar la Eucaristía y en nuestras
oraciones por la santa madre Iglesia, por nuestros gobernantes,
por todos los hombres y por la salvación del mundo
entero, y de una manera especial por la familia franciscana
y por los bienhechores; encomendemos además a Dios,
con piadoso afecto de caridad, a todos los difuntos.
49.2
En cuanto a los sufragios se establece: a la muerte del Romano
Pontífice, del ministro general y de un exministro
general, celébrese en cada fraternidad una misa de
difuntos. Hágase lo mismo por los definidores y exdefinidores
generales en cada fraternidad del grupo al que pertenecían.
49.3
Al Capítulo provincial corresponde determinar los sufragios
por los ministros y exministros provinciales, por los hermanos,
por los padres y bienhechores.
49.4
Todos los años, después de la solemnidad de
san Francisco, celébrese en todas nuestras fraternidades
la conmemoración de todos los hermanos y bienhechores
difuntos.
50.1
La Iglesia se asocia a Cristo en el cántico de alabanza
y en la plegaria de intercesión no sólo cuando
celebra la Eucaristía, sino también de otras
maneras, especialmente mediante la Liturgia de las Horas,
nos encomienda a nosotros esta misión.
50.2
Por lo tanto, reúnase a diario toda la fraternidad,
en el nombre de Cristo, para celebrar en común la Liturgia
de las Horas. Cuando esto no pueda hacerse integralmente,
celébrense en común al menos Laudes y Vísperas.
50.3
Se recomienda, además, que hagan lo mismo los hermanos
dondequiera que estén o se encontraren; y que se celebre
con los fieles la Liturgia de las Horas, según las
circunstancias de los lugares.
50.4
El Capítulo local, con la aprobación del superior
mayor, disponga el horario de la casa y del trabajo, de tal
modo que el ritmo de la jornada esté consagrado por
la alabanza de Dios, teniendo además en cuenta las
circunstancias particulares de las personas, de los tiempos
y de las culturas.
50.5
Quienes no pueden celebrar en común la Liturgia de
las Horas, tengan presente que también en la recitación
privada están unidos espiritualmente con toda la Iglesia
y, en particular, con los hermanos; con esta misma profunda
intención oren los hermanos que recitan privadamente
el Oficio de padrenuestros según la Regla.
51.1
En la Liturgia de las Horas hablamos a Dios con palabras suyas
tomadas de la Sagrada Escritura, y Dios mismo viene a nuestro
encuentro y nos habla.
51.2
Para que la palabra de Dios penetre más profundamente
en nuestros corazones e informe con mayor eficacia toda nuestra
vida, la Liturgia de las Horas sea viva y activa, con laudables
intervalos de silencio, que ayudan mucho a una consciente
y provechosa celebración.
51.3
A imitación de san Francisco, que a menudo expresaba
sus afectos mediante la música y el canto, celébrense
cantadas las acciones litúrgicas, por lo menos los
días de fiesta, en cuanto sea posible.
51.4
Los hermanos no se preocupen tanto de la melodía de
la voz cuanto de la armonía del espíritu, para
que la voz esté en consonancia con la mente, y la mente
con Dios.
52.1
Conservemos y fomentemos aquel espíritu de contemplación
que irradia la vida de san Francisco y de nuestros mayores.
Por ello, dediquémosle espacio de tiempo más
amplio fomentando la oración mental.
52.2
La auténtica oración mental nos conduce al espíritu
de la verdadera adoración, nos une íntimamente
con Cristo y da continuidad a la eficacia de la sagrada Liturgia
en la vida espiritual.
52.3
Para que el espíritu de oración no se entibie
nunca en nosotros, sino que se encienda cada vez más,
debemos ejercitarnos en ella todos los días de nuestra
vida.
52.4
Los superiores y cuantos tienen encomendado el cuidado de
la vida espiritual trabajen para que todos los hermanos progresen
en el conocimiento y en la práctica de la oración
mental.
52.5
Los hermanos, por su parte, extraigan el espíritu de
oración y la oración misma de las fuentes genuinas
de la espiritualidad cristiana y franciscana, para llegar
al sublime conocimiento de Jesucristo.
52.6
La oración mental es la maestra espiritual de los hermanos,
los cuales, si son verdaderos y espirituales hermanos menores,
siempre están más interiormente en oración.
Orar, en efecto, no es otra cosa que hablar a Dios con el
corazón y, en realidad, no ora el que se dirige a Dios
solamente con la boca. Por eso, cada uno esfuércese
en entregarse a la oración mental o contemplación
y en adorar al eterno Padre en espíritu y verdad, según
la doctrina de Cristo, óptimo maestro, empeñándose
en iluminar la mente e inflamar el corazón, más
que en proferir palabras.
53.1
Tanto las fraternidades, como cada uno de los hermanos, dondequiera
que se hallen, hagan plenamente realidad la primacía
del espíritu y de la vida de oración, como lo
exigen las palabras y el ejemplo de san Francisco y la sana
tradición capuchina.
53.2
Es de suma importancia llegar al pleno convencimiento de la
necesidad vital de orar personalmente. Cada hermano, dondequiera
que esté, tómese todos los días un tiempo
suficiente, por ejemplo una hora entera, para la oración
mental.
53.3
Los Capítulos provinciales y locales provean a fin
de que todos los hermanos dispongan del tiempo necesario para
la oración mental, que deberá hacerse en común
o en privado.
53.4
La fraternidad local interpélese en los Capítulos
sobre la oración comunitaria y personal de los hermanos.
Los hermanos, y en primer lugar los superiores, por razón
de su ministerio pastoral, considérense responsables
en la animación mutua de la vida de oración.
53.5
Como discípulos de Cristo, si bien pobres y débiles,
mantengámonos de tal manera en la oración que
cuantos buscan sinceramente a Dios se sientan llamados a orar
con nosotros.
53.6
Cultivemos con sumo interés en el pueblo de Dios el
espíritu y la promoción de la oración,
sobre todo la interior, ya que éste fue, desde los
comienzos, un carisma de nuestra Fraternidad de Capuchinos
y, como atestigua la historia, el principio de la auténtica
renovación.
54.1
Como hijos de Dios, dejémonos guiar en la oración
por el Espíritu Santo, para que nos haga crecer de
día en día en la comunión con el Padre
y con los hermanos.
54.2
Celebremos de manera especial y prediquemos a los fieles,
con el espíritu del santo Evangelio, los misterios
de la humanidad de Cristo, ante todo el de la Navidad y de
la Pasión, en los que san Francisco admiraba el amor
y la humildad del Señor.
54.3
Honremos de forma particular, sobre todo con el culto litúrgico
y el rezo del rosario, a la Virgen María Madre de Dios,
concebida sin pecado, hija y esclava del Padre, madre del
Hijo y esposa del Espíritu Santo, hecha Iglesia, en
expresión de san Francisco, y propaguemos su devoción
en el pueblo. Ella es, en efecto, nuestra madre y abogada,
patrona de nuestra Orden, partícipe de la pobreza y
pasión de su Hijo y, como enseña la experiencia,
camino para alcanzar el espíritu de Cristo pobre y
crucificado.
54.4
Asimismo, rindamos piadoso culto, según la antigua
tradición, a su esposo san José.
54.5
Fomentemos y promovamos, según las costumbres locales,
la devoción al Padre san Francisco, modelo de los menores,
y a los santos, en particular a los nuestros, pero teniendo
en cuenta que tal veneración esté siempre de
acuerdo con el espíritu de la sagrada liturgia.
55.1
Para renovar continuamente nuestra vida religiosa, todos los
hermanos hagan cada año los ejercicios espirituales
y tengan también otros intervalos periódicos
de retiro, siendo laudable que algunas voces se organicen
de manera diversa según los diferentes oficios.
55.2
A tal fin los superiores proporcionen a cada hermano, incluso
a los que viven fuera de casa, el tiempo necesario y la oportunidad.
56.1
Toda fraternidad debe ser verdaderamente una fraternidad orante.
Para ello es útil promover, según la multiforme
gracia de Dios, tanto en las provincias como en las regiones,
fraternidades de retiro y de contemplación, en las
que los hermanos puedan dedicarse durante algún tiempo
al espíritu y a la vida de oración, conforme
Dios les inspire.
56.2
Estos hermanos, en comunión con la fraternidad provincial,
recuerden lo que escribió san Franclsco para los que
quieren vivir religiosamente en los eremitorios.
56.3
Al Capítulo provincial o a las Conferencias de superiores
mayores corresponderá decidir sobre la oportunidad
de tales fraternidades y dar normas para su régimen.
57.1
El silencio, que es guarda fiel del espíritu interior
y viene exigido por la caridad en la vida común, sea
tenido en gran estima en todas nuestras fraternidades para
tutelar la vida de oración, de estudio y de reflexión.
57.2
Corresponde al Capítulo local velar por el ambiente
de oración y recogimiento en nuestras fraternidades,
evitando cuanto lo comprometa.
58.1
La lectura de la Sagrada Escritura y de otros libros espirituales
es un medio eficaz para nutrir la verdadera devoción
y fomentar la experiencia de Dios. Todos los hermanos dediquen
fielmente un espacio suficiente de tiempo a dicha lectura.
58.2
Para no perder nunca de vista el camino y la vida que hemos
profesado, en cada provincia díctense normas acerca
de la lectura pública de la Sagrada Escritura, de la
Regla, del Testamento y de las Constituciones y sobre la renovación
de la profesión en común.
CAPITULO IV
NUESTRA VIDA DE POBREZA
ARTÍCULO I Nuestro ideal de pobreza
59.1
Jesucristo, Hijo de Dios, que recibe todo del Padre y comunica
todo con el Padre en el Espíritu, fue enviado para
evangelizar a los pobres. Siendo rico, por nosotros se hizo
pobre y semejante a los hombres, para que nos hiciéramos
ricos con su pobreza.
59.2
Desde el nacimiento en el pesebre hasta la muerte en la cruz
amó a los pobres, y daba testimonio del amor que el
Padre les profesaba para ejemplo de los discípulos.
59.3
La Iglesia reconoce la pobreza voluntaria, especialmente en
los religiosos, como signo del seguimiento de Cristo, y propone
a san Francisco como imagen profética de la pobreza
evangélica.
59.4
Mediante nuestra pobreza por el Reino de Dios participamos
de la relación filial de Cristo respecto del Padre
y de su condición de hermano y siervo entre los hombres.
59.5
La pobreza evangélica comprende la disponibilidad en
el amor, la conformidad con Cristo pobre y crucificado que
ha venido a servir y es un estímulo a la solidaridad
con los pequeños de este mundo.
59.6
No nos apropiemos los dones de naturaleza y gracia como dados
para nosotros, antes bien tratemos de ponerlos enteramente
a beneficio del pueblo de Dios.
59.7
Usemos, con agradecimiento los bienes temporales, compartiéndolos
con los necesitados y dando, al mismo tiempo, testimonio del
recto uso de las cosas a los hombres que las ansían
con avidez.
59.8
Anunciaremos verdaderamente a los pobres que Dios mismo está
|